53 minutos en la plaza

Cada dos o tres días veo una mujer llorando en Bogotá. Hacen parte del paisaje depredador de la calle. Las he visto disimuladas, o entregadas a un llanto mocoso, lastimero y de maquillaje corrido. Voy a sentarme en el centro de esta desnivelada plaza, cerca a los pies del caraqueño y no dudaré en averiguar el motivo de sus lagrimas a la primera llorona que aparezca.

 

La pareja. Son dos hombres. El menor luce una gran cantidad de pelo afectado negativamente por la oxigenta. Come una paleta azul tomándola por el palo como lo haría un inglés con su taza de té. El otro lo mira enamorado mientras recibe en su rostro una lluvia de saliva mezclada con anilina azul. No le importa. Así es el amor.

El señor. Tiene cerca de 50 años, su chaqueta y sus zapatos son de un amarillo imprudente para su edad. Habla solo, o más bien les habla a los visitantes lejanos que intentan llevarse un recuerdo de la plaza en sus celulares. “Así le sale a contraluz”. “hágase más lejos”, “si se agacha se ve el techo del palacio”. Aconseja susurrando sin moverse de mi lado.

El niño. Se podría decir que el niño tiene mi nariz, del mismo tamaño y con la misma forma de gancho al revés. Pelo exageradamente lacio, gafas enmarcadas en caucho color azul paleta y una voz estrepitosa y aguda como el ruido de un cuchillo cuando se rastrilla contra el plato. Su fealdad no es genética, no. Es una de esas feúras a las que se le agregan accesorios. Un experto caminar chueco y unos ojos enfocados en direcciones distintas.

La chica. Por su ropa puedo decir que trabaja en una oficina, un juzgado o una casa de apuestas. En una librería no, porque dice “me di de cuenta”. Ojalá llore. Habla por el manos libres y gesticula como si tuviera un publico en frente. No ha pagado el arriendo, su hermano le debe 80 mil, no va a votar el domingo y la manga de su chaqueta luce un remiendo con hilo de otro color.

El hombre del rubio falso termina la paleta, besa a su novio haciendo un ruido pegajoso. El mayor lleva su chaqueta al revés, usa crolls morados y necesita urgentemente un pedicure, o al menos una ducha. Hablan de montar un negocio. Se amalgaman en un abrazo profundo en el que el tatuaje de escorpión de la mano del uno parece picar el cuello del otro.

El señor dice que a esta hora la luz es buena las fotos, señala una pareja lejana. Cuenta que tuvo un estudio en Chapinero. Sabe de lo que habla. El trabajo está muy malo y nadie contrata un fotógrafo. Menos a un fotógrafo viejo como él. Ahora habla conmigo. Me dice que está juntando plata para comprar una cámara moderna y poder trabajar. Una rápida instantánea con dos mil pesos menos en mi bolsillo y un “Dios lo bendiga” de fondo.

La mamá de niño no es fea. Tal vez el papá si. Chilla que ya quiere irse a casa y yo lo apoyo. Tiene voz de consentido. Voz de quejetas. La misma voz del niño que llegaba al salón con una manzana para el profesor. El pequeño tropiezo de la naturaleza se aleja con su madre por la 11 arrastrando el pie derecho, y ella desesperanzada intenta acomodarle su pelo chuzudo.

La chica de azul no quiere llorar. Ahora habla con su hermano. Le cobra y por su gesto deduzco que no pagará el arriendo hoy. Le dice que hoy ya es 23 y le cuelga. Se quita el esmalte con los dientes. Descubre que la observo y sostiene una mirada defensiva. Sonrío. Llega su compañera de trabajo con el mismo uniforma azul oscuro. Agarra su morral y me sonríe. Me señala mientras habla con su amiga que me mira con desprecio. Me despido con la mano y me dice chao. Seguramente más tarde cuando le cobren el arriendo, su hermano no le conteste y descubra otro hueco en su uniforme llorará. Y no estaré ahí para preguntarle por qué.

 

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