A la yugular

20181230-6-DECADAS-DE-TAXIS-EN-COLOMBIA-HISTORIA-TAXIS-04-750x499 (2)

Julio era vago, mal estudiante, borracho y mujeriego, pero no era un asesino. Al menos eso creían sus amigos y su familia. Para rebuscarse algo de plata vendía periódicos viejos que juntaba pidiéndolos en los barrios vecinos; La Colina, Las Villas e Iberia. La chatarrería estaba cerca a la escuela y a la estación de policía. Esto no era impedimento para que los ñeros del barrio se juntaran allí. Fabricio, el de los ojos azules, Cocoliso y el Negro, que sufría de epilepsia, se convirtieron rápidamente en amigos de Julio. Eran como una pequeña pandilla, no como los Zeppelin, los Punkis o los Conquer, pero sí, bien conformada y efectiva.

Hacían conejo en las tiendas y habían robado uno que otro borracho. Pero la gran tragedia vino una tarde de viernes frente a las canchas de tejo de la calle principal, la de los Buses Rojos.  Don Lisandro tenía 50 años, era reconocido por buscador de pleitos y malencarado. Aunque tenía varios amigos en el barrio, muchos le tenían miedo porque ya había tenido problemas con el Charro y el mismísimo Rambotalin. Parqueó su taxi en la calle y se metió a jugar tejo y a tomar cerveza.

Julio y sus amigos tomaban gaseosa con pan rollo en la Faraona cuando vieron el papayazo. Un taxi sin vigilancia tirado en la calle. Cocoliso, sin pensarlo, buscó una piedra para romper el vidrio.  Fabricio metió medio cuerpo para sacar el radio. El Negro y Julio vigilaban. Las mechas que estallaban adentro aumentaron el nerviosismo de los campaneros. El Radio se resistía a salir de su cajuela. Cocoliso intentaba abrir la puerta trasera para ayudar. Lisandro lanzaba el tejo metálico mientras sonaba Antonio Aguilar en los bafles de la cancha. Un vistazo y vio que algo no andaba bien afuera. El negro emitió la alarma con el silbido típico del barrio. Pero la música y el freno de aire de un bus evitaron que los ladrones abortaran la misión a tiempo. Lisandro salió y se armó el mierdero.

Todo fue muy confuso. Cinco minutos después Lisandro se desangraba en el piso con una astilla de botella de Pepsi cola insertada en la yugular. Nada se pudo hacer por él. Los cuatro muchachos huyeron aterrados después de la pelea. Todos los testigos apuntaban a que Julio era el asesino. Cinco hijos y una viuda clamaban por justicia. Julio le aseguraba a su madre y sus hermanas que era inocente. Que ayudó en el robo, pero que nunca mataría a nadie. Fue el único que siguió viviendo en Ciudad Jardín. Los otros se perdieron para siempre. Una mañana, hombres armados cinematográficamente irrumpieron en el inquilinato de Don Miguel, el sastre, para atrapar a Julio. En calzoncillos se lo llevaron, acusado de homicidio ante la mirada de sus hermanas y el desespero de su madre que le buscaba un pantalón. En pocos días lo declararon culpable. Era menor de edad, y solo eso le ayudó a evitar una condena mayor. Cinco años dijo el juez provocando el desmayo de Rosita, su hermana menor.

La Cárcel Distrital era un sitio abarrotado de jóvenes condenados por la vida. La mayoría, hijos de madres solteras obligadas a trabajar y a dejar a sus hijos solos, criándose en la calle. Julio montó un caspete en la cárcel. Le iba bien evitando los problemas y los enemigos. Los días de visita, mientras hablaba con su mamá, dejaba a sus hermanas, Paola y Rosita encargadas del caspete. Una cara bonita vende, dos, venden más, decía Julio mientras comía un tamal hecho en casa. Pasado el tiempo de su condena, sin experiencia y con antecedentes no tuvo otra opción que irse para el ejército. Otra cárcel a la que solo van los pobres y donde pulula la maldad y los vicios. También sobrevivió. Silencioso, obediente y laborioso, sobrevivió.

35 años después de la tragedia, Julio vive en Santa Librada. Tiene una familia y vive de un local en Abastos. Mientras desgrana unas arvejas me dice que su pasado es como un sueño oscuro del que despertó lentamente. Ha trabajado de celador, de lavaperros en la rusa.  Habla mucho de su temporada en la cárcel y en el ejército, pero evita el tema de la muerte de Lisandro. Afirma que la sacó barata. “Ese día se me pudo haber jodido la vida”, me dice poniendo su dedo índice en la garganta, en la yugular. A sus tres amigos de juventud nunca los atraparon ni los volvió a ver. Dice que lo que pasó aquel ya no importa. “Al pasado, pasado”. La verdad sobre quién mató a Lisandro, siempre será un misterio.

 

2 comentarios de “A la yugular”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *