Caseta Gris

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Era un potrero grande al que los niños y jóvenes del barrio íbamos a elevar cometa en agosto, jugábamos futbol, pisábamos mierda vaca y hacíamos guerra de bodoqueras. Alguna vez hasta fritamos huevos en una hoguera encendida con basura, una paila oxidada y aceite de la casa de la tía del Gorgojo.  Pero todo cambió cuando les dio por construir un inmenso centro comercial justo en nuestro improvisado campo de Boys Scouts. Y para decorar más la zona y hacerla agradable y segura para los compradores, pusieron un CAI. Una caseta gris de entrañas oscuras y jardines alrededor. Estaba solo a cuatro cuadras de la piedra en la que se mató el sicario. Era una construcción indiferente para mí, así, como sus ocupantes vestidos de verde. En aquel tiempo no calculaba que eran muy altas las posibilidades de que un joven pobre y mal vestido estuviera metido.

Por aquel tiempo quería conquistar a Dayana, la hija del cebollero de La Plaza. Ella estudiaba en el Parroquial y el papá le tenía prohibido tener novio, así que vernos en horarios convencionales o llamarla a la casa era imposible. Aquel viernes ella cumplía años y no quería esperar hasta el domingo, a que su papá saliera a vender cebolla, para verla y darle un regalo. Obviamente, no tenía un peso para comprarle algo, así que decidí escribirle un poema y llevárselo al colegio. A las seis de la tarde ella salía y yo entraba al mismo edificio. Tendríamos varios minutos para charlar, tomar café con leche, galletas y entregarle el poema. Lo malo fue que el cebollero apareció a la salida del colegio con su machete en la cintura y su eterna cara de rabón. Cuando lo vi corrí hasta el muro de atrás y silbé. Ella no tardó en aparecer. ¡Afuera está su papá! le grité desde el otro lado de la pared sin poder ver sus ojos verdes. ¡No nos podemos ver, pero le traje un regalo! Ella me dijo emocionada lo lindo que yo era y me pidió que se lo entregara de una vez. Ante la insistencia, doblé el papelito en 64 partes y lo tiré por encima del muro. En el momento del lanzamiento, cuando, ya era escasa la luz del sol, escuché la sirena de la patrulla. Se detuvieron frente a mí iluminándome con las luces delanteras. Traté de explicarles de qué se trataba el asunto, pero no me quisieron oír. Me acusaron de tirar piedras a las estudiantes. Les dije que yo también estudiaba allí, pero de noche. ¡De noche solo aprenden las putas! Me dijo el policía que conducía riéndose con su compañero. Me ordenaron subir a su patrulla. La camioneta olía a nuevo, la parte de atrás era bastante amplia. No me esposaron, pensé que por ser menor de edad. Al llegar al CAI de Bulevar Niza, me bajaron de un jalón de brazo. Me pidieron mi Tarjeta de Identidad y mi maleta. Antes de abrir todos los bolsillos me preguntaban dónde tenía la mariguana. Les indiqué que solo encontrarían mis cuadernos y que estaba perdiendo clase. ¿Clase? ¿Usted me cree pendejo? Estos cuadernos los venden en cualquier papelería. ¡Nosotros ya sabemos que usted se la pasa robando! Me gritó aquel hombre que tenía el apellido Vargas con letras negras cosido a su uniforme.

Me ordenaron recoger las hojas de alrededor de la caseta gris y limpiar unos fríos mesones de concreto. Después de eso me devolverían mi documento, mi maleta y me podría ir. Lo hice rápido y lo hice bien para que no tuvieran más disculpas para retenerme. Pensaba en mi mamá pasando en un bus volviendo del restaurante donde ella trabajaba. Cuando acabé me dirigí a otro de ellos para pedirle mis cosas. ¡No, papito! ¡Le falta lavar el baño! Me respondió con toda la sorna. A pesar de que ya había lavado baños en mi vida, los de mi casa y los de mi trabajo, la humillación y la impotencia que sentí no la he vuelto a experimentar hasta hoy. A las ocho de la noche ya estaba terminando de limpiar el baño cuando apareció otra patrulla que frenó de manera brusca. Otros tres policías bajaron a un muchacho esposado. Hubo un intercambio de groserías, pero los golpes venían todos de los policías. Lo metieron en una celda que estaba al lado del baño. Los dos que me habían llevado se unieron a la golpiza. Patadas, puños y bolillazos por siete u ocho minutos. No había un solo policía bueno que detuviera aquella barbarie. Todos actuaban como un solo organismo concentrado en destruir, en hacer daño cobardemente.

Aterrado y silencioso me quedé en el baño limpiando lo que ya había limpiado. Evidentemente no era un buen momento para salir. El tipo golpeado tendría tres años más que yo; quedó tendido en el piso, inmóvil y sangrando por la cabeza y la nariz. Después de una hora encerrado en ese baño Vargas se acordó de mí. ¿Y usted no se ha ido? ¿Si ve lo que pasa por andar tirando piedra? Me dijo señalando al joven que aún se revolcaba en el piso ensangrentado. Me entregó mi maleta y mi tarjeta, antes de salir me dijo que no me quería volver a ver en la calle porque me arrestaría de nuevo. Me dijo que si le contaba a alguien lo que pasó adentro mataría a mi mamá. ¡Yo sé dónde vive usted y quien es su familia! Me gritó antes de darme una patada traicionera en mi pierna derecha.

Cojeando y llorando llegué a la casa. Pocas veces en la vida he tenido tanto miedo. Por muchos días no quise salir a la calle ni ir a estudiar ni ver a la hija del cebollero. No le conté a nadie a pesar de no tener claro cuál fue mi delito. Después de ver aquel tipo tirado en el piso de cemento concluí que tuve buena suerte.

Varios meses después ya había olvidado a Vargas y sus compañeros. Incluso ya había olvidado a la hija del cebollero. Estaba en el parque de Las Villas esperando el parche para jugar microfutbol. Al principio no lo reconocí, estaba de civil, pero era la misma cara, el mismo corte de pelo a ras, la misma mirada vacía y cargada de dolor. Estaba con una mujer joven y un bebé de 4 años. Muy atento seguía los movimientos de su hijo entre los juegos infantiles del parque. Un par de veces me miró directo a la cara, pero no parecía reconocerme. La mujer lo abrazó en repetidas ocasiones. Lo llamaba por su nombre y el niño le decía “papi”. En ese momento no era “Vargas”.  Agarró a su hijo en brazos y se marchó. Un vecino común y corriente, un padre y esposo que duerme tranquilo en las noches. ¿Cómo funciona su cabeza? ¿Cambió en la policía?  ¿Lo escogieron porque ya era malo antes? Eran dos versiones de la misma persona.

Aquella tarde, dentro de esa caseta gris, conocí de cerca la maldad humana y se instaló ese tipo de miedo en mí para siempre. Tanto que hasta hoy me atrevo a contarlo. Es solo una anécdota que puede parecer un caso aislado, pero no. Historias como estas hay muchas. ¿Cierto?

4 comentarios de “Caseta Gris”

  1. Don JJ apesar de que fue una triste experiencia…..le felicito por la manera tan clara y asertiva de narrar lo sucedido……pienso que lamentablemente aún quedan «VARGAS» por allí….. pero los buenos somos mas…..

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