Chipolo II

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En el juego de la veintiuna el objetivo es hacer 21 puntos o acercarse lo más posible. Uno decide si quedarse en 20 o en 19 según el olfato de jugador. Hay varias formas de hacer 21; con una figura y un as, con cinco o siete cartas, o la más difícil, dos figuras y un as. A esto le llamábamos “chipolo”. Solo había una forma de hacer chipolo, cuando el tallador ya ha ganado con 21 y los jugadores, un intento desesperado por no pagar doble, le piden una carta más. Fueron varios fines de semana de derroche y excentricidades como pedir pollo asado a domicilio o comer picada y caldo de costilla donde doña Nohemí, en la Plaza. Hasta nos dábamos el gusto de tomar cerveza parados en La Viña en vez de sacar fiada chicha en el Soplo. Nos regocijábamos en nuestra “buena suerte” y en muchas ocasiones nos burlábamos del viejo haciendo caso omiso al chisme de que tenía un arma en su casa. El Gafas nunca hizo alusión a este tema, así que ignorábamos si se trataba de un revolver, una pistola, una escopeta, un machete o un cortaúñas. El Sopas ya había demostrado su torpeza cuando rompió una garrafa de Néctar dándoles puños en el culo dizque para bendecirla. O gritando a todo pulmón “¡Un fuerte nurralón se hace en el cielo!” queriendo homenajear a Rafael Orozco en la rockola de Bulevar Niza. Aquel domingo no fue diferente. Llegamos puntuales con la seguridad de que el médico ya había comprado las cartas marcadas. Él mismo inició la talla, una por una temblorosamente como las personas que tienen miedo de seguir perdiendo. Dos horas después ya teníamos un arrume de monedas y billetes de nuestro lado y la cara del médico mostraba una absoluta decepción.  Una carta tapada, otra destapada. Todo marchaba bien hasta que al Sopas le salió una figura e ignorábamos cual era su carta tapada. ¡Carta! Pidió con seguridad. Yo vi el mazo que se movía en las manos del viejo y pude identificar el punto en la mitad; un as. Cuando recibió el as el Sopas volteó su jugo y gritó ¡ventiuna! ¿Quién en su sano juicio y cordura pide una carta si tiene dos figuras? Es decir, con veinte puntos nadie se arriesga a pedir más cartas, a no ser… que esté haciendo trampa y sepa cuál carta sigue. ¡Mucha güeva! Mientras yo elaboraba mentalmente las posibilidades, la cara del viejo se fue tornando rojiza, casi morada. El temblor de sus manos se intensificó y apretaba los dientes como una fiera a punto de atacar. El cucho hizo el mismo análisis y olió sangre como los tiburones. El Sopas cayó en cuenta rápidamente de su error, pero ya era muy tarde. Me puse de pie, silenciosa y lentamente busqué la salida. Chalo y el Mono me siguieron. ¡chinos hijueputas! ¡¿Me vieron la cara de güevón?! Gritó el viejo iracundo mientras corría hacia su cuarto. El Gafas intentó, sin éxito, interponerse en el camino de su padre, pero de un empujón lo mandó al suelo por un lado y los lentes por el otro. Mientras tanto nosotros bajamos las escaleras y entre los cuatro tratábamos de destrabar el pasador de la puerta. Arriba se oía la gritería del padre con su familia. ¡No, papá! ¡Cálmese, piénselo, no lo haga! El pasador por fin cedió y salidos en manada. Desde que nos pillaron robándonos los bombillos del árbol de navidad de Bulevar con Quiñonez y el Salpullido, no corría tanto. A nuestras espaldas sonaban las detonaciones, ¡pum! ¡pum! Ninguno de los cuatro dejó de correr hasta estar cerca de la casa de Chalo; nuestra guarida. Jadeando nos pusimos a salvo y solo tomamos aire para reclamarle al Sopas su tamaña estupidez. Nos revisamos por si nos había pasado lo mismo que al Gordo Sebas, pero no; todos ilesos. Lo peor fue que en la carrera no recogimos nuestra plata de la mesa. La casa gana, diría el viejo.  Fueron varios meses evitando salir a la calle o pasar por la cuadra del médico. La fiebre de jugar cartas se nos pasó de golpe y en seco. Aprendimos la lección: “se puede hacer trampa, pero nunca a gente armada”. Ahora solo jugamos veintiuna con frijoles.

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