Chipolo

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Por aquella época nos dio la fiebre de jugar a las cartas. La veintiuna era el juego preferido. Pasábamos horas haciendo apuestas imaginarias de millones de pesos y aprendiendo todas las variantes y las paradas del juego. Nunca lo habíamos tomado en serio hasta que apareció don Hernando. Este señor era un médico retirado del barrio. Decían las malas lenguas que por un error se le había muerto un paciente y por ello se escondía allí. Era algo paranoico, desconfiado y muy hablador. De aquellas personas que no paran de emitir consejos y recomendaciones que nadie le había pedido. También decían que andaba armado. Lo conocíamos porque era el papá del Gafas, un amigo del barrio.  Al principio nos reuníamos a jugar en las mesas de las canchas de tejo del Cilantro, pero buscando menos ruido y más tranquilidad el viejo nos invitó a su casa. Las apuestas eran bajas, cien o doscientos pesos por mano. Pero con el pasar de los domingos el monto iba subiendo y la tensión aumentaba. Desconfiado, como era, siempre compraba un mazo nuevo de cartas en la papelería de Las Morales. Uno usado le traería mala suerte, nos decía. Sabíamos que le aterraba la idea de jugar con cartas marcadas.

Fueron muchos meses visitando la casa del viejo, los domingos, puntuales a las seis de la tarde, con la esperanza de quitarle la plata. Pero casi siempre salíamos aburridos y pelados. Don Hernando tenía mucha experiencia, decidía bien. Doblaba la apuesta solo cuando estaba seguro y, además, tenía una buena suerte increíble que nos irritaba. El Mono maldecía siempre al salir de la casa del médico ¡Cómo es posible que nos matemos pintando paredes toda la semana para venir a dejarle la plata a este cucho! Nos decía muy ofuscado. Chalo y el Sopas guardaban silencio o simplemente prometían que el próximo domingo si lo pelaríamos. Mientras tanto yo, estaba craneando un tramposo plan para acabar con la actitud sobrada del viejo y la sarta de consejos inservibles que daba cuando nos ganaba y nos quitaba nuestras monedas. El lunes siguiente fui a la papelería. Allí trabajaba El Chiqui, un amigo confiable. Le compré un mazo nuevo de cartas. Lo destapé con pericia de cirujano y marqué con un lápiz las figuras y los ases. Unas marcas imperceptibles que solo nosotros notaríamos. Lo volví a empacar cuidadosamente en el plástico, pegué las esquinas y se la devolví al Chiqui diciéndole que se la vendiera únicamente a don Hernando. La plata de la segunda venta sería para él.

El domingo llegamos cumplidos a casa de don Hernando.  El Gafas y su hermana nos dieron plátanos fritos y cerveza al clima. El médico sacó de su bolsillo el mazo nuevo empacado en la caja de cartón.  Marca Cantaclaro, como siempre. Apartó los comodines y empezó a barajar con maestría, me esforzaba disimuladamente para corroborar que fuera el mismo mazo. El viejo se apoderó de las cartas y se adjudicó la “talla”. En la primera mano pude ver, por fin, un diminuto punto hecho a lápiz en la mitad de una carta. Efectivamente era un as; El Chiqui seguía siendo confiable. Empezamos el juego con la ventaja de las marcas de lápiz. Ases: un punto en la mitad. Figuras: 4 puntos en las esquinas. Todos conocíamos la nueva técnica, El Mono, Sopas, Chalo y yo adquirimos una prudencia inusitada para apostar. Era la seguridad que nos daba saber cuál era la carta que venía.  Rápidamente el montón de monedas y billetes del médico se desaparecía. La suerte lo había abandonado. Con mucha facilidad hacíamos veintiunas, relancinas y veinteimedio. Fue nuestra racha ganadora. No importaba quién de los cuatro ganara, lo importante era pelar a Don Hernando. Por varias semanas repetimos la rutina de comprar, marcar, empacar y devolver las cartas. El Chiqui nunca falló, aunque aumentó el impuesto por su trabajo. Don Hernando, aunque desesperado por su mala suerte, no sospechaba de nuestra honestidad. Lo tuvimos de “hijo” hasta que un domingo el Sopas cometió un error irremediable que nos llevaría a correr por nuestras vidas.

Continuará...

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