Empanadas con bala

Los estudiantes del Colegio Parroquial salían cerca de las seis de la tarde. Era un colegio famoso por que allí filmaron las últimas temporadas de la serie Décimo Grado, y porque era el colegio más grande del barrio. El Liceo San Rafael y el Instituto Terman eran más pequeños y sin incidencia en la televisión colombiana. El saco del uniforme era azul cielo con un desagradable cuello en V.  En el Parroquial estudiaban los hijos de la gente que ganaba más de un salario mínimo. El resto, recurríamos a la jornada nocturna del Instituto Ciudad Jardín Norte que funcionaba en el mismo edificio, pero sin la luz del sol. Nosotros entrábamos a las seis y cuarto. A pesar de los quince minutos de diferencia siempre nos veíamos las caras con los compinches del Parroquial, nos saludábamos, y en muchas ocasiones, a la voz de un chico de billar y unas cervezas, decidíamos “capar clase” e irnos con ellos. En este parche de barrio no teníamos un gordo. Teníamos dos; El Sopas, que era un gordo ojirrasgado de pelos parados y con un problema de dislexia que nos mantenía al filo de la carcajada. El otro era el Gordo Sebas, moreno, alto y con un evidente parecido al Oso Yogui. Los billares Arco Iris estaban en el camino hacia el Prado Veraniego (donde no había ni prado ni mucho menos verano). Allí, los marranos jugábamos carambola libre, mientras Chalo se batía a las tres bandas con los cuchos más expertos, El Chamo y el lotero que jugaba en muletas. Cuando se nos acababa la plata, y no había un reloj o una chaqueta para empeñar, nos devolvíamos al barrio caminando. Al lado de La Viña, justo en frente de La Faraona, había una tienda en la que vendían unas empanadas llenas de arroz y trozos de huevo duro. No eran las mejores, pero nos fiaban. Cierta noche nos encontrábamos en esa tienda, riéndonos del Sopas y su intención de comprarse unas botas “militeras” o recordar el nombre del actor “ese mechirrago”. En una mesa cercana había un grupo de tipos mayores tomando wisky, llevaban anillos y cadenas de oro, y de vez en cuando uno de ellos salía a echarle un ojo a la camioneta 4X4 que tenían estacionada afuera. Eran tipos poco comunes en el barrio. Minutos más tarde pasó un policía en una moto destartalada. El tombo llevaba una bolsa plástica con mercado y su casco no correspondía a su uniforme policial. Miró con asombro la camioneta y decidió entrar a Las Empanadas. Los tipos del wisky no se percataron de la presencia del policía, pero nosotros sí. Era una situación extraña, los dos gordos estaban concentrados en sus respectivas empanadas mientras yo miraba de lejos un revolver plateado que colgaba de la cintura de uno de los traquetos. El tombo pidió una pola y se sentó en una mesa a mirarlos fijamente. “Doña gloria, me hace el favor y me anota las empanadas y las cervezas” le dijimos con intenciones de salir corriendo. Los traquetos, ya estaban enterados e incomodos con el policía. Algunos de ellos se pusieron de pie en actitud retadora. Cuando ya nos disponíamos a salir corriendo… todos estos infelices, traquetos y policía, se encendieron a balazos allí mismo. No se dijeron una sola palabra, fue un concierto de tiros al azar. Corrimos como pudimos, nos metimos detrás de la barra. Segundos después oímos chillar las llantas de la camioneta y arrancar la motocicleta en su persecución. El Gordo Sebas gritaba: ¡Me dieron!  ¡Marica, me dieron! Sin soltar la punta tiesa de una empanada. Al principio pensamos que era otra de sus chanzas pesadas, pero sí; le dieron en todo el centro de la panza. El vecindario aterrorizado se asomaba por las ventanas a ver cómo entre seis subíamos al Gordo Sebas en el platón de una camioneta en la que solo cabía él. Ese buen vecino lo llevó hasta la clínica Shaio. Allá, los médicos buscaron la bala entre las tripas del gordo y los pedazos de las cinco empanadas que se había comido, pero nunca apareció. Lo remendaron por dentro y por fuera y lo despacharon pa la casa con dos ombligos. Al volver al barrio vimos la camioneta volcada al frente de la bomba de gasolina. Cintas amarillas y otros policías, pero no había rastro del tombo imprudente ni de los traquetos. Nunca supimos cuál fue el enredo, y al Gordo Sebas siempre le chilla el detector de metales.

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