Cucaracho

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Su aspecto siempre fue desagradable. Era cuatro o cinco años mayor que nosotros, corpulento y de piel tiznada por el mugre o por la genética. Siempre, siempre estaba muy mal vestido. Es decir, ropa sucia, rota, grasosa. Era la de trabajar y la de la vida diaria.  Era un lavador en el paradero de Los Buses Rojos. A veces también de las busetas de La Unión Comercial de Transporte. Le llamaban petrolizador por un producto parecido a la gasolina con el que limpiaba los pisos metálicos de los buses. Una escoba sin palo y una bayetilla roja siempre lo acompañaban. Todos le teníamos miedo. Ya lo habíamos visto despachar a Baracaldo de dos cabezazos y una patada en las güevas. Había crecido entre choferes de bus y otros petrolizadores que escupían al piso todo el tiempo y de los que aprendimos las más variadas mañas. Varias veces, cuando pasaba por nuestra cuadra, sin ninguna razón se llevaba el balón y nos dejaba viendo un chispero. Nadie sabía su nombre, pero tampoco nos atrevíamos a llamarlo “Cucaracho”. Todos le decían así, pero no en su cara. Ya nos había robado cuatro balones. Lo odiábamos en serio. Cuando se nos acercaba sufríamos un congelamiento repentino que no nos dejaba pronunciar palabra. Él, en cambio, se sabía una sarta de groserías en la que “venérea”, “gonorrea” y “chupaculos” eran las más amables. Nos llevaba mucha calle de ventaja.

Cansado de sus robos y malos tratos decidí orquestar un plan para la próxima vez que el Cucaracho nos viniera a robar. Nosotros éramos ocho. Él solo uno. Así que en cuanto viniera a montarla, el caresucio ese, le daríamos en la jeta entre todos al tiempo y nos lo quitaríamos de encima. No pasarían muchos días para que, en medio de un picado de banquitas, apareciera el Cucaracho con la intención de robarnos el balón. Iba vestido con un overol hechizo de bluejean viejo y una camisa de rayas maloliente con marcas amarillentas en las axilas. Olía verdaderamente mal. Tenía una de esas chuchas maduradas con esfuerzo a través de las semanas alejado del agua y del jabón. Empezó su discurso de enfermedades blenorrágicas desde la esquina. Nosotros nos miramos y a mi orden de “¡vamos, maricas!” caminamos hacia él. Yo iba en frente como es debido, le dije que se le había acabado la guachafita y que fuera a robar a su madre. Que le daba tres segundos para largarse a lavar sus cochinos buses y a oler a culo de león a otro lado. Cundo lo tuve en frente noté que no exteriorizaba el miedo que, se suponía, debía tener. ¡Pero cómo iba a tener miedo! Si los cagones de mis amigos habían salido corriendo y ya estaban en sus casas mirando por la ventana y esperando la golpiza que se avecinaba. No había rastro ya ni del Suro ni del Gorgojo ni del Pakistán. Ni siquiera los hermanos Forero me habían respaldado, y eso que ellos ya se habían dado bailaos con los gordos cacheticolorados a los que les decíamos las Truchas. Nada que hacer. Me tocó darme en la jeta con el Cucaracho. Ya no me podía echar pa trás.

Nos pegamos una revolcada horrorosa en esa calle sin pavimentar. Dimos varias vueltas mientras que yo recibía golpes en la cara, la espalda y el pecho. La sangre no tardó en salirme por todos los orificios de la cara. Cucaracho olía a calzoncillo de ciclista y era aterrador tenerlo tan cerca. Solo un golpe de suerte me salvaría. Como un gancho al hígado o un volado a la mandíbula para noquearlo y salir victorioso de esta. Pero mi traque ganador nunca llegó.  Después de dos o tres minutos de recibir golpes y malos olores, el prospecto de criminal decidió soltarme. Inmediatamente me puse en pie. En guardia y listo para el segundo asalto. Ya tenía el diablo adentro y la sangre me rodaba por la cara matizando la tierra que recogí en la revolcada. ¡Ya qué hijueputas! Nada peor podría pasar. ¡Vengase, gonorrea! Le dije arrepintiéndome en el acto.  Cucaracho me miró con desprecio, me empujó…y se fue. Yo también me fui para mi casa, después de putear a mis amigos que seguían viendo todo desde las ventanas. Me lavé la cara sangrienta y me puse a llorar antes de que mi mamá llegara.

Tardé solo un día en perdonar a mis amigos para poder seguir jugando banquitas. Cucaracho volvió un par de veces. No se robó el balón, pero si repartió coscorrones y calvazos a todos menos a mí.  No me miraba. Ni se me acercaba.  Seguía siendo un hampón, pero sabía que conmigo tendría que pelear. Ganaría, seguro. Me daría en la jeta una y mil veces, pero seguro le daba pereza.

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