Diatriba. Contra los vendedores y cantantes de bus

Todos hemos pasado por ese fatal momento en el que nos encontramos sumergidos en la lectura, el chat o en los pensamientos propios que acompañan el tedio del transporte público cuando, salida del averno y llenando el espacio del articulado, aparece aquella voz: “Buenas tardes, damas y caballeros”. A veces es ronca, a veces aguda, otras, infantil y en ocasiones gutural y callejera, pero siempre será una voz fea e inoportuna.

Sí, claro; el desempleo y la economía del país obligan a que algunos recurran a esta respetable y honesta forma de empleo informal. Pero ¿por qué usar estas formas de lenguaje tan disparatadas y pretenciosas? ¿por qué usar ese tono robótico y clerical? ¿por qué uno tras otro en mi ruta al trabajo?

El último censo fue el 2011 con casi 4000 vendedores en el transporte público en Bogotá. Se calcula que hoy existen más de 8000 personas dedicadas a la venta y a las presentaciones artísticas en los buses, si es que se les puede llamar artísticas. Por ejemplo, los raperos, que por una letra no son “rateros” aparecen siempre en combos de 2 o 3, armados con un parlante carrasposo y dispuestos atomizar con su saliva a todos los pasajeros. Según estos poetas del absurdo su intención es dejarnos un mensaje. Bastante encriptado (diría yo) porque aun no entiendo la intención de “ye, ye” o de “yo, yo”.  Y mucho menos encuentro la gracia de rimar “chiquito, bonito y cosito”.

Por otro lado, están los que con ínfulas de asesor educativo  y de buenas maneras inician su perorata con un “buenos días” seguido de un silencio incomodo en espera de respuesta. “Saludar es sinónimo de educación”, “recibir no es comprar”, “sin ningún compromiso”.  Toda una tarea de sensibilización para obligarme a comprar un Trululu, un esfero, una sopa de letras, un fajo de billetes y maní de dulce, maní de sal. Para mi mayor economía no compro nada y sigo leyendo. Y mucho más cuando el personaje trae consigo un niño somnoliento al que lleva en brazos aunque tenga 6 años y al que usa para generar lástima y más monedas.

El odioso: acaba de salir de la cárcel y amenaza con robar de nuevo si esto no funciona. El patético: lleva una formula médica (laminada en algunos casos) y pide plata para medicamentos que no concuerdan con la supuesta enfermedad. El timador: finge ser ciego, sordo, cojo o todas la anteriores. El grotesco: usa una deformidad, chaguala o cicatriz para impresionar. El desafortunado: recita su rosario de desgracias e infortunios haciéndome sentir culpable por todos ellos. Y por último, el cristiano: recita versículos de memoria, amenaza con el apocalipsis, dice que Jesús me ama y relata la linda historia de cómo encontró a Cristo en su corazón.

Finalmente llego al trabajo, me han quitado todos los minutos de mi amable tiempo. Compré unas agujas que no necesito y unos caramelos masticables de 3 en mil. Y he aprendido que saludar es de gente educada y a recibir sin ningún compromiso.

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