El cuaderno de urbanidad

Caminé lo más lento que pude. Recuerdo que arrastraba mis zapatos negros de charol. Las nueve calles, que más tarde se llenarían de cenizas y sangre, se hicieron muy cortas aquella mañana. Ni siquiera me colinché en una Lorencita, como solía hacerlo cuando me dolía el estómago y tenía que correr a casa. Me aterraba encontrarme cara a cara con mi mamá después de lo que pasó en mi colegio. No habría tenido tanto miedo de haber sabido que en unas horas el colegio San Francisco desaparecería para siempre.

Que yo recuerde, nunca fui tan bruto como esa mañana. ¿Cómo me pareció buena idea esconderme en el baño de las profesoras? ¿A qué horas me enamoré de la profesora Kaito? ¿Por qué verla orinar en el baño me parecía excitante? ¿Cómo se me cayeron las gafas culoebotella que no se me zafaban nunca, ni cuando jugaba fútbol en el patio? Justo en el momento que espiaba en cuatro patas por debajo de la puerta patinaron por mi nariz aterrizando en las fulgentes baldosas del baño de profesoras. El ruido cristalino interrumpió el sonoro y continuo chorrito de la profesora Kaito, que orinaba sentada dejándome ver sus medias veladas arremangadas en los tobillos y sus calzones color piel estirados al máximo entre rodilla y rodilla. Todavía tengo la duda si lo que me delató fue el golpe de mis gafas o el “¡Juepucha, me pillaron!” que se me salió.

¿Por qué el Padre García, tuvo que darme ocho coscorrones, si cuando me dio el primero entendí que había metido la pata? Además no sé si pasarse los nudillos por la lengua antes de cada coscorrón se hace para aumentar el dolor o para disminuirlo. ¿Por qué las otras profesoras se indignaron tanto? ¡Si yo no quería verlas a ellas! ¿Por qué en la nota que el Padre García escribió para mi madre decía en mayúsculas: MATRÍCULA CONDICIONAL? si no fue tan grave y además no alcancé a ver nada de lo que quería ver. Y ahora que lo pienso, qué raro era que la profesora Kaito estuviera encargada de la clase de francés siendo una menuda ojirrasgada japonesa.

A sabiendas de que en mi casa me esperaba una soberana fuetera, y hasta un escobazo me darían de ñapa, prolongué mi llegada dando vueltas por la ciudad. Es que mi mamá era cosa seria, mis hermanitos y yo conocíamos bien su correa de cuero con alcance de cuarenta metros, sus poderosos pellizcos de treinta toneladas de presión, su chancleta con sensores que giraba hasta 180 grados para partirle a uno el labio o un diente y dejarlo boquinche por unos días, sus cachetadas de ninja imposibles de esquivar y el cirirí de regaños torturantes que en algunas ocasiones duró hasta tres días. Mi madre era sobreprotectora. Esa era la forma de educar en los años cuarenta. Años de la Bogotá fría, muy fría, de abrigo y sombrero, de la Urbanidad de Carreño, el purgante de paico y mis pantalones cortos (obligatorios en el colegio San Francisco) que no me protegieron nunca de las palizas de mi madre.

Deambulé con las manos en los bolsillos, mirando a todos lados. Jugué con pelotas imaginarias mientras saludaba a vecinas en balcones, también imaginarios.  Repasé las vitrinas de los almacenes de ternos y paraguas de la calle diecisiete y  silbé Tutaina, que en abril salió desafinada. Gritaba goles del rojo o del azul y daba vueltas en la cuadra de las chicherías. De pronto oí las explosiones, pero no vi caer los palos de los voladores. Gritos y chiflidos como los que se escuchan en las procesiones se oían no tan lejos. Un grupo de hombres armados y apestosos a coñac pasaron apurados y amenazantes con sus machetes brillantes. Olía a llanta quemada como en el día de las velitas. El lejano aullido de una sirena se acercaba peligrosamente. Bogotá ya olía a muerte. No quise saber el porqué del alboroto, sólo corrí a casa.

Al llegar sentía un puercoespín en mis tripas. La nota del Padre García se mojó con el sudor de mis manos. Traté de no hacer ruido con la puerta. Me saqué los zapatos negros de charol (obligatorios en el colegio San Francisco). Descalzo y agazapado, me arrastré hasta el fondo de la casa, a mi pieza. Cualquier horrendo evento que estuviera pasando afuera no se comparaba con mi mamá emberracada. Debía alejarme de la cocina, donde se suponía que estaría ella fritando arepuelas.

Como pocas veces pasaba, me llegó una ráfaga de lucidez. Metí el cuaderno de urbanidad, que era el más aburrido, el más grueso y el de más hojas, entre mis nalgas y el pantalón corto (obligatorio en el colegio San Francisco). En seguida, me puse las cinco camisas blancas del semanario (obligatorio, también, en el colegio San Francisco) una encima de la otra, para menguar los golpes. Así enfrentaría a mi mamá y en su cara le diría lo mucho que amaba a la profesora Kaito.

Pero mi valentía se acabó cuando sonó el teléfono de la sala, una, dos, tres, veces ¿Por qué mamá no contesta? ¡Pues porque no está! deduje. Caminando como muñeco de año viejo crucé el corredor rápidamente y levanté la bocina, era el Padre García:

—¡Peñuela, es urgente, páseme a su mama, que algo terrible ha pasado!

Yo, como un buen cristiano estudiante del colegio San Francisco, con mi mejor sonrisa y voz musical, le dije:

—Yo sé que es grave, padrecito García, pero figúrese que ella salió y se demora un juuuuurgo en volver.

Al otro lado de la línea, el padre gritó:

—¡No se burle Peñuela, que esto es serio! ¡Dígale a su mamá que me llame pronto!

Colgué y corrí a buscar la caja de herramientas para sacar de allí el alicate con el que cortaría el cable del teléfono. Al parecer la hemorragia de buenas ideas seguía fluyendo. Como pude, subí al techo y me arrastré por las tejas para cortar toda comunicación entre el Padre García y mi madre. Cuando el cable rojo colgaba como péndulo del tejado, oí de nuevo esa gritería en las calles, y las vecinas se asomaron  a los balcones. Algunos proyectiles, que no eran voladores, zumbaron cerca de mi cabeza. Llovían piedras en los techos. Se veían columnas de humo. Por la calle unos señores borrachos arrastraban un bulto desnudo de carne y sangre que parecía ser otro señor. Me preocupé por mi mamá y mis hermanitos ¿A dónde habrían ido?

Desorientado, salté al patio. La misión era otra ahora: salir a buscar a mi familia entre la gente enloquecida. Mientras caminaba vi personas dormidas o muertas tiradas en los andenes y en la línea del tranvía. Grupos de borrachos acorralando a un solo hombre con golpes y machetazos y la Lorencita en la que siempre me colgaba ardía en llamas. Comencé a gritar ¡Mamá, mamá! Tropecé con vecinos, policías, asesinos, asesinados y uno que otro niño perdido, como lo estaba yo.

Para alivio mío, tras unos minutos aparecieron todos en la esquina. Con pasitos acelerados mamá arrastraba a mis hermanos de la mano. Nunca la vi tan feliz de verme. Mi mamita que era un dechado de ternura y nos cuidaba como nadie, que más que madre era una santa, gritó mi nombre: ¡Gabriel!, y me abrazó. ¡Todos estábamos bien! Me tomó de la mano con fuerza y nos llevó a todos a la casa.

Cerró la puerta tras nosotros, puso todos los cerrojos, colgó la tranca, alejó su familia de la agitada ciudad. Con porte de orador griego y aire diplomático se dirigió a sus hijos:

—Niños míos, ¡Ha pasado algo terrible! ¡Bogotá no será la misma! Colombia no será la misma. ¡Mataron al doctor Gaitán!

En medio del discurso de mi madre, muchas preguntas trascendentales martillaban mi juicio: ¿Habrá clase mañana? ¿Olvidarán mi castigo? ¿Quién era ese doctor Gaitán? ¿Por qué lo mataron? ¿Me amará la profesora Kaito como yo la amo? ¿Tendrá calzones de otro color? Mamá terminó su soliloquio de advertencias e instrucciones para los días por venir. Atrincherados en casa nos abrazó, en orden de menor a mayor. Mientras palpaba mi abullonado cuerpo, el sonido del timbre del teléfono me hizo saltar de terror. Ahí estaba el cable rojo columpiándose aún ¡Entonces era el azul! Mi madre me miró a la cara queriendo esculcar mi conciencia. Apretó los dientes, achinó los párpados y arrugó las cejas, como lo hacía siempre antes de buscar la chancleta.

—¿Usted qué diablos hace con todas esas camisas puestas y ese cuaderno en las nalgas? ¿Usted qué hizo Gabriel Peñuela?

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