El Orejas

Desde hace algún tiempo me dicen el Orejas, pero me llamo Kevin. Siempre parcho por Usme y en Ciudad Bolívar, aunque esto que les cuento me pasó en La Gaitana. Estaba esperando a la Dayana para pasar la tarde en el parque o en algún motel. La esquina se veía caliente, pero nada que no pudiera manejar. Una cucha vendía tintos en un puestico. Al lado de ella estaba su hijo acompañándola. Un chino de 10 o 12 años con tremenda cara de sapo.

Una camioneta de la policía estaba en la esquina. Llena de tombos atentos por si se alborota el avispero. La lenteja de la Dayana no aparecía, así que me fumé tranquilamente un Pielrroja. El que sí apareció fue el Brayan. Yo tuve un baile con esa pinta en la fiesta de los “Tintofrío” en La Gaitana. Nos dimos traques en la jeta como varones; sin cuchillos y dejando parar del piso. Ya habían pasado unos meses, pero el man todavía me llevaba con la mala y por eso me puse en la juega.

El Brayan se paró en la puerta de la tienda a mirarme rayado. Como no me le arrugo a nadie me recosté en el poste y me puse a silbar. De pronto se vino corriendo, todo ofendido, con un chuzo en la mano. Saqué mi patecabra y lo esperé pa responderle. Pero se atravesó la cucha de los tintos. Salida de la nada ¡chaz, chaz y chaz! Le metió tres puñaladas certeras al Brayan en el pecho. Lo dejó muñeco de una. “¡Pa que sea serio con las deudas, gonorrea!” le gritó la cucha al murraco.

La policía, ahí sí, llego rapidito. La cucha de los tintos se perdió y dejó al niño solo en el puesto. Los tombos me agarraron y me quitaron la patecabra porque el niño caresapo les dijo “sisas, el Orejas lo mató. Yo lo vi”.

Cuando estaba esposado en la patrulla llegó Dayana y me dijo a través del vidrio “¡Usted si no cambia, Kevin!”

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