El Tyson del City

Captura de pantalla (27)

Yo no estaba invitado, pero ¿Quién no se ha colado a una fiesta? Eran los quince años de la Flaca y medio barrio estaría allí. Por lo general invitan a gente de los círculos más cercanos, familia y compañeros del colegio, pero el uno le dice al otro y ese otro a los demás. Y cuando menos se piensa… el salón comunal del barrio está lleno de ñeros de todos los pelambres que sacan a bailar hasta a la abuelita de la quinceañera que venía desde Tunja. Lo más célebre de aquella fiesta no fue que la homenajeada saliera estrenando novio ni que hubieran puesto 34 veces la canción de Azuquita pal café del Gran Combo. No, lo realmente inolvidable de aquella noche fue que se armó uno de los tropeles más recordados en Ciudad Jardín.

Eran cerca de las tres de la mañana y ya nos dolían los carcañales de bailar salsa y uno que otro merengue. Por fortuna no hubo valses, globos, zapatillas ni payasadas de esas. Eso sí, mucho trago y comida. Todo era risas y burlas amigables hasta que el Gafas abrió la puerta. Algunos conocidos del barrio habían llegado tarde y muy prendidos. Eran los hermanos Zorro, Menjura y Pineda, que siempre andaban juntos, y John Bogotá.  Sí, ese era su apellido, no era un apodo, aunque parezca. Al verlos entrar, el Gordo torció la jeta y no disimuló su desagrado. Se sentó al lado mío solo para contarme por qué le rayaba la presencia de este parchesito.

Meses atrás habían estado en otra fiesta donde los Zarabanda y en medio de la borrachera Andrea dijo que, en Ubaté, el pueblo de sus abuelos, estaban en ferias y fiestas. Parecía una idea loca, pero cuando John Bogotá ofreció la camioneta de su papá para llevar seis o siete valientes, la cosa se puso seria. Arrancaron a las dos de la mañana en busca de la Autopista Norte para llegar al pueblo lechero. Vale decir que Bogotá no había pedido permiso para llevarse la camioneta y, además, lo movían románticas intenciones con Andrea. Fue un viaje rápido animado por los huecos de la carretera. La desilusión fue tremenda cuando al llegar al pueblo vieron que todo el jolgorio había terminado. La plaza estaba vacía y solo la adornaba la tarima en la que horas antes habían tocado los Tupamaros. Hubieran podido quedarse en la casa de la familia de Andrea, pero el aburrimiento los jaló para la casa. A las cinco de la mañana se metieron de nuevo en la camioneta para emprender el camino de vuelta. Más adelante, en la carretera, al Mono se le dio por orinar. Decía que iba a perder la vejiga si no paraban un momento. Como es costumbre, todos los hombres se bajaron a mear al lado de la vía mientras Andrea, en la camioneta, rechazaba por tercera vez en la noche al pobre John Bogotá. El Mono, buscando privacidad, perdió el equilibrio y con el pipí en la mano fue a parar entero en una zanja. Fueron necesarios varios minutos para poder sacar al Mono de las hediondas aguas. Cerón, El Muelas, el Manchao y el Gordo lo rescataron de la pútrida canal. Todos se reventaban a carcajadas, menos Bogotá que no quería dejarlo subir en ese estado a su camioneta. En ese momento fue que el gordo increpó a Bogotá por su falta de solidaridad. Fue una discusión airada con un par de madrazos que terminó en un tortuoso viaje matizado por los fétidos olores que desprendía la ropa mojada del Mono. Tal vez el Gordo habría olvidado su rencilla con Bogotá de no ser por que al pasar por el Segundo Puente se estaba quedando dormido frente al volante y el Gordo lo tuvo que despertar de un grito para salvarles la vida a todos. Una noche infernal y maloliente que hizo perdurar la bronca del Gordo hasta la fiesta de quince de la Flaca.

-¡Casi nos mata ese güevón!-  me decía el Gordo mirándolo con odio. Pero John Bogotá estaba igual o más borracho que el Gordo y no se percataba de la camorra. La debacle vino cuando se cruzaron en la puerta del baño minutos más tarde. Uno salía y el otro entraba. Cuando el Gordo vio que el lavamanos estaba lleno del típico vómito rosado de los borrachos perdió la compostura.

-¿Ole, hijueputa! ¿Va a dejar el baño así?- gritó el Gordo

-¡Usted no sea sapo! ¿le consta que fui yo?- contestó Bogotá

-¿Entonces quién iba a ser? ¡Si el único cerdo aquí es usted!

- Sí ¡cómo soy yo el de la cara de marrano!

-¡Entonces qué va a hacer, bobo marica!

-Pues ¡camine pa fuera hijueputa y nos damos en la jeta!

Y así fue como, a la vista de todos, salieron a la calle el Gordo Andrés y John Bogotá. La pelea era limpia y a los bailaos. Dos leyes regían la gaminería del barrio en los años noventa:  1. No se le casca el que está en el piso 2. Es uno contra uno y nadie se mete.  Hubo unos cuantos ganchos de derecha, un uppercut poco efectivo, dos cabezazos y un rodillazo en el estómago. Y pa dios que nadie se hubiera metido de no ser porque, en medio de un abrazo de boxeadores, el Bogotá atenazó entre sus caninos la oreja derecha del pobre gordito. Y por más que el Gordo le daba con el alma puños en la cabeza, para que aflojara el mordisco, Bogotá no la soltaba. Básicamente, se le estaba comiendo la oreja como si de una lechona se tratara. Cuando los dos púgiles se quedaron sin aire en el piso y ya no había golpes, ni gritos, nos acercamos a sacarle la oreja del hocico. Bogotá estaba en trance y entre dos tuvimos que abrirle el mascadero. La oreja del Gordo colgaba de un delgado cartílago y la hemorragia era copiosa. Nos tocó llamar a Chucho, el hermano mayor del gordo para que lo llevara en su Renault 4 anaranjado a que lo remendaran en algún hospital. Eso sí, dándole cantaleta todo el camino por pelión y por ñero.

Una gasa inmensa, que llamaba mucho la atención, lo acompañó por un par de meses. Las peleas, por barriobajeras que sean, tienen su reglamento. Y los mordiscos no están contemplados. Todos nosotros prometimos vengarnos a nombre del Gordito. El asunto no podía terminar ahí, estaba en juego el honor y la estética auricular del Gordo. Nos debatíamos entre una demanda o un par de batazos en las rodillas. La venganza era inapelable, pero meses después, cuando el Gordo ya tenia esa gasa amarillenta y la oreja, aunque algo deforme, estaba de nuevo en su sitio, íbamos en parche para los billares Arco Iris cuando vimos al Gordo jartando cerveza con John Bogotá en el Cilantro. Sentados en una silla de palo, se reían, se hacía chistes, se daban palmaditas en el hombro y se miraban a los ojos. Parecían los mejores amigos del barrio…

8 comentarios de “El Tyson del City”

  1. Exelente relato, bastante urbano, mucha calle como la que vivimos muchos en esa época, un gusto leer o escuchar esta historia donde nombran a mi familia, gran tradicion zapatera y rellena del Santander. Muchos éxitos y espero leer el libro ojalá llegue pronto

  2. Buen relato jhon,,, esa noche de ubate fue tenaz, solo unos adolescentes embriagados harían ese viaje.. Solo aguantamos frio todo el camino, yo resulte con gripa una semana.. Jajaja!!

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