Gasolinera

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En los noventa Sangre Picha se presentó en el salón comunal del barrio. Fue un concierto brutal y ruidoso. Desde ahí, fueron muchos los que se matricularon en la onda del metal y del punk. Como el combo rockero ya había crecido en el barrio, armábamos un parche tremendo para ir al Rock al Parque. Aquel año el alcalde Peñalooser hizo todo los posible por tirarse el evento. Pero a trancas y a mochas, después de 5 meses de atrasos y enredos lo hicieron en el Simoncho y en la Media Torta. Ahora el lío era poner a todo el mundo de acuerdo. El Rata quería ver a Ultrágeno. Jurringas, a la Severa Matacera. Otros, a Tenebrarium que había venido de Medellín. Yo, a las Almas y a Darknees. La Gasolinera, a La Peste. Aquellos, a Pepa Fresa. Aquellas, a Aterciopelados. En fin… estaba teso cuadrar ese viaje.

La Gasolinera no se había ganado ese apodo porque le gustara andar en carro. Ninguno de nosotros tenía carro. La razón de su sobrenombre se debía a que su papá tenía un deposito de gasolina al lado de las empanadas. Después de clase ella le ayudaba en el local. Flaca en extremo, pelo alborotado, un cuerpo envuelto en taches y cadenas de metal. Labios negros, medias veladas rotas, botas punta de acero y un constante aroma a gasolina que se desprendía de toda su humanidad. Todos le sacaban el cuerpo por el olor, menos yo. A mi me gustaba su pinta salvaje y su olor a combustible. Nos habíamos rumbeado un par de veces. La primera vez fue en La Happy de la Gaitana, enguayabados después de una fiesta en la casa de Melfi. La segunda fue en el concierto de Polikarpa y sus viciosas en Chapinero. Ella me había mostrado a Escorbuto y a Misfits. Era peliona, parada y grosera. Sus besos siempre terminaban con un mordisco. Nunca me llamaba a la casa, nunca me miraba a los ojos. Siempre sin reacción. Y cuando había más gente me ignoraba con toda. Solo una vez, frente a sus amigas punkeras, se burló de mí por andar con un libro de poemas de Benedetti debajo del brazo. Me lo merecía por andar leyendo güevonadas. Después de lo de las Polikarpas, una mañana, le llevé buñuelos de la panadería. Ella no estaba y se los dejé con su papá. Nunca me agradeció maldita. A pesar de todo esto, yo me moría por ella. Y la verdad ella, con drogas y con alcohol, me quería también.

Por eso, aquel sábado me dejé convencer de ir a ver a La Pestilencia. Nos fuimos separados, ella adelante y yo atrás, en un bus cebollero por la Avenida 68. Iba lleno de metachos, mechudos, crestas y taches. Después de la raqueteada de la tomba a la entrada ya se sentía cómo el piso de adoquines se mecía al son de las guitarras eléctricas. Un gentío infernal entre el humo y la música. Saltamos y pogeamos sin perdernos del grupo. Teníamos que volver al barrio juntos y a pata. Ni siquiera en el pogo la Gasolinera se me arrimaba para patearme o para darme un codazo en la cara. Los puños altos en el aire, las rodillas afiladas, las botas arrastrándose y “futuro nunca habido, futuro nunca habrá”, cantaba ella mientras sacaba una botella plástica de Colombiana llena de aguardiente.

Al rato llegaron unas pintas desconocidas. Un punkero flaco con un ojo torcido, una gordita de cabeza rapada y botas hasta la rodilla, y otros manes que yo había pillado antes en Lourdes vendiendo aretes. Todos conocían a la Gasolinera, le hablaban con confianza, se la querían llevar. Después de Metástasis Cancerosa, ella se acercó.

  • Me voy con estos manes ¿quiere venir? Es un chuzo bien parchado en el Sur.

A mí me sorprendió que me invitara, aunque ya estaba turca. Me dijo que había un bar en el Quiroga, que tenían severa música y que allá no había ley zanahoria.

  • Si se decide me cuenta- me dijo la Gasolinera.

Cuando le conté a Hurringas que me quería ir con ella me regañó: “¿Usted es que es marica? Esa vieja solo quiere chimbear y después no le da ni la hora. No le copie esta noche y verá cómo la pone a perder. Además, hay fiesta donde la Cenia, y allá va a estar la Cañón. El corazón se me aceleró, reuní valor y le dije que no.

  • Paila, me voy pal barrio. Cuídese mucho, oyó.

Se quedó como una tapia. No podía creer que la estuviera blanqueando. “Bueno, chao” me dijo. “Pirobo hijueputa” susurró.  Y esa fue la última vez que la vi.

Aquella noche, en ese bar de garaje en el Quiroga, un soldado demente llegó disparando a la loca. Mató a varios punkeros. Mató también a la Gasolinera. Nunca se supo por qué, se bajó de su moto con ganas de asesinar. Espero que ella no haya sufrido. La recuerdo por el punk, tengo vivos los perfumes varios de su pelo enredado y grasoso. Meses después, el papá me contó que entre sus cosas encontraron la boleta del concierto de Polikarpa, un volante de una fiesta y un poema de Benedetti. Menos mal no le arranqué esa noche. “Este mundo está perdido”.

 

1 comentario de “Gasolinera”

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