Gringo

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En la escuela se la montaban por su piel blanca rojiza y sus ojos extremadamente claros, casi grises. El carequeso, la rana platanera y vasoeleche eran los apodos que lo distinguían. Pero era más común decirle el Gringo, aunque no lo fuera. El que sí era gringo era su papá, pero él nunca lo conoció y aparte del apellido nunca le dio nada más. Su madre trabajó en una “casa de familia” haciendo el oficio y cocinando. El patrón era Joseph Taylor, un militar que trabajaba en la embajada y a quien asignaron una casa en la Colina Campestre para que viviera con su esposa y sus dos hijos. Odilia, la mamá del Gringo, se dejó conquistar por el norteamericano y en poco tiempo se convirtió en su amante. Después de varios meses de amoríos Odilia quedó embarazada y como siempre pasa, Taylor, le dijo que ese bebé seguramente no sería suyo y que no pondría en ni riesgo su trabajo, ni su matrimonio. Le dio 120 mil pesos y la echó.

Ella volvió al barrio con un pequeño Taylor en la barriga. Abortar no era una opción, Gladis se había muerto y doña Estela casi se desangra en Teusaquillo. Abortar bien solo pueden las ricas. Para Odilia era un pecado o un delito, y podía ser castigado con la muerte. Cuando nació el niño, una vecina le recomendó demandar al papá en una comisaría de familia. Así lo hizo, lo obligó a ponerle el apellido y se comprometió a darle una mensualidad, pero un mes después, al ver que no cumplía, Odilia fue a la Colina y encontró la casa desocupada. Ni rastro de Taylor y su familia. Así, nos quedó en el barrio Ángel Eduardo Taylor, alias el Gringo.

En la escuela soportaba estoicamente las burlas por su color de piel. Era muy callado, le gustaban los deportes, el futbol, el rejo quemado y el yermis en la cuadra. Cuando estábamos en quinto lo llevé a trabajar como recogebolas al el Carmel Club. Allí madrugábamos los fines de semana a rociar agua y cepillar las canchas de polvo de ladrillo. Nos pagaban 600 pesos por el turno de una hora y Parra, el Caddie Máster nos daba vales para el desayuno en el restaurante de empleados.  La plata servía para ayudar en la casa y comprar gorras y tenis Kelme que eran los más baratos. Éramos todos niños de barrios pobres corriendo detrás de las bolas y alcanzando el agua o el tinto. Aprendimos a jugar usando las bandejas plásticas de la cafetería como raquetas, y algunas bolas viejas que los socios botaban por ahí. En cuanto había un rato libre corríamos a jugar pequeños torneos.

Jacobo tenía unos cuantos años más que nosotros. Era hijo de un socio judío. Famoso por pegarle pelotazos a los caddies y humillarnos en toda oportunidad. Una mañana, al pobre Chucky le tocó recogerle su entrenamiento. Llegó con un tarro de bolas Tretorn nuevas. Jacobo jugaba bien, pero tenía mal temperamento. Con toda la cancha a su disposición mandó la bola contra los pinos y perdió el partido. En la pataleta le dio por botar al cielo la bola que tenía en el bolsillo. Chucky corrió a buscarla, nosotros le ayudamos, pero la maldita bola desapareció. Jacobo se desquitó con Chucky, lo acusó de ladrón y obligó a Parra a que le pagara sus bolas nuevas. A Chucky le descontaron plata de sus turnos durante dos meses para pagarle las bolas a Jacobo. Al final, hicimos una vaca entre todos los caddies para que saldara su deuda.

En Navidad, don Moises, el gerente del Club nos regaló raquetas. No eran nuevas, eran de madera. Por aquel tiempo, ya estaban de moda las raquetas de grafito, las que tenían todos los socios. Pero nosotros estábamos felices con nuestras raquetas y los pequeños torneos se hicieron más intensos. Apostábamos el pan del desayuno y una que otra moneda. Todos subimos el nivel de juego, pero el mejor era el Gringo. Revés impecable, precisión y fuerza en el servicio, ganador en la malla y mañoso como el diablo. Siempre nos ganaba, en los dobles todos queríamos ser su partner. Una tarde le estaba dando una paliza 5 a 1 a Fidel, otro Caddie, cuando apareció el pesado de Jacobo. Cuando vio que el Gringo “paseaba” fácilmente a su oponente le propuso jugar. “Juguemos un set y apostamos la raqueta. Si me gana le doy mi Prince, si gano me da ese palo para echarlo a la chimenea”. El Gringo no lo pensó ni un segundo. “Hágale” le contestó.

En diez minutos Jacobo ya ganaba tres a cero. El Gringo estaba asustado, ido. El servicio no era el mismo y había perdido la velocidad. Entonces Fidel y Henry fueron a traer a Chucky. Lo sentaron ahí en la silla alta del árbitro. Fidel le recordó la injusticia de las bolas Tretorn. Gracias a eso el Gringo agarró un segundo aire. Comenzó a mover a Jacobo a lado y lado de la cancha. Le golpeaba duro para obligarlo a ir al fondo y le dejaba una bola corta a la que no llegaría ni con patines. Hizo tres aces y lo volvió loco con las paralelas. Finalmente, Gringo ganó 6 – 3. Lo sacamos en hombros, llevaba en la mano la raqueta aún caliente de Jacobo. Fue un partido memorable y por primera vez en la vida todos supimos de qué hablaba Dumas en el Conde de Montecristo.

Gringo no volvió al club. Parra no daba razón de él. El reemplazo fue otro niño de Suba de apellido Matallana. Un día en la Plaza le pregunté a doña Odilia y me dijo que lo habían echado del club por robarse la raqueta de un socio. Que ella misma la había encontrado en la casa y la había devuelto. Le conté la verdad, pero no me creyó. Por mucho tiempo no supe más de él.

Años más tarde, en la adolescencia se dedicó a sacar ventaja de su cara de extranjero. Se hacía pasar por turista y sacaba fiados mercados, ropa y trago. La lambonería histórica, que tenemos los colombianos con cualquier extranjero, era su mejor arma. Cuentan que un día en un parque de Cedritos, fingiendo su acento de gringo les dijo a unos muchachos “tú tener muy linda bicicleta. Yo querer probarla”. Gringo ya se había robado varias así. Solo con su cara, en pantaloneta de dril, chancletas y sin hablar inglés. Cuando se dieron cuenta que no volvería ni el gringo ni la bicicleta alertaron a los celadores de Cedritos que emprendieron la persecución. Gringo quiso salir a la Autopista Norte para volver al barrio, estaba tan enfocado en pedalear rápido que no vio el bus ejecutivo que lo embistió.

Al entierro de Gringo asistimos todos los que fuimos caddies. Mucha gente del barrio y trabajadores del club. Para la policía, la gente de Cedritos y los periodistas fue solo un ladrón más. Pocos sabíamos lo salado que era, como si tuviera una maldición encima. En la iglesia había un señor mono, muy mono con gafas negras. Decían que era el papá, pero nadie se atrevía a preguntar. Me acerqué a doña Odilia para darle mis condolencias. Una vecina le decía que ese señor era el papá de Ángel, que le preguntara. “Noo. ¡Venir a aparecerse cuando ya pa qué!”, dijo ella.

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