Historias de Chapinero. El hombre de negro y el torero

El ladrillo a la vista, los tejados inclinados y el caudal incontrolable de personas que circula entre la carrera séptima y la estación de Transmilenio de la calle 72 hacen parte del paisaje de Quinta Camacho. Barrio que, al mejor estilo inglés, guarda en sus calles y viejos antejardines una historia de muerte y misterios sin resolver.

Cien años atrás en la carrera 13 con 68 estaba ubicada la lúgubre mansión de los Camacho. Un oscuro castillo que imbuía miedo a los vecinos y en donde vivían el acaudalado empresario Eduardo Enrique Camacho, su hermosa mujer y cuatro hijas. Siempre vestido de negro de pies a cabeza (incluido el sombrero de copa), se imponía con sus casi dos metros de altura y su elegante paraguas londinense. Caminaba por las calles chapinerunas silbando sus rancheras favoritas, sin saludar a nadie, sin necesitar de nadie.

Además de la hosquedad de su carácter se le atribuye haber traído y promocionado las presentaciones de los primeros mariachis al país. Hospedaba a los músicos mexicanos en una de sus propiedades de la calle 55 en cuyo vecindario vemos hoy día sus arte-descendientes (muy colombianos todos) promocionando serenatas. Entre los negocios de Don Enrique también tuvo lugar la tauromaquia. En 1914 el torero Leandro Sánchez de León apodado “Cacheta” se encontraba en Bogotá dando fin a su exitosa gira por América. El matador fue invitado por el señor Camacho a su mansión a la cual ingresó en una noche novembrina y  de donde nunca salió. Jamás se supo más de él. Todos hablaban de homicidio. Una primera versión afirma que un posible devaneo amoroso entre la esposa de Camacho y el torero fue el detonante de la desgracia. La segunda teoría dice que la ambición desmedida del dueño de casa lo llevó a asesinar al torero español para quedarse con el dinero producto de sus presentaciones y que desconfiadamente llevaba consigo a todas partes.

Por ultimo hay quienes cuentan que un tercer hombre de reconocida tacañería y afición por las apuestas fue el autor del asesinato tras perder al juego de las cartas con el español. De la madre patria vinieron familiares que en vano lo buscaron, pero no encontraron más que habladurías y chismes cachaquísimos. Lo cierto es que en algún lugar en las entrañas del viejo Chapinero por donde seguramente usted y yo hemos caminado afanosamente, hay un traje de luces enterrado.

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