Instrucciones para volcar una camioneta II

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El Año Nuevo es la celebración más importante en Teguaneque. Más que el Dia de la Madre y más que la Navidad. Ese día se dan licencia para tomar mucha más cerveza de la acostumbrada También para echar voladores y poner música a todo volumen. Desde temprano mandan a los niños a donde los vecinos con una ollita llena de comida para dar una muestra de cariño a los amigos cercanos. A las seis de la tarde el equipo de sonido ya estaba desempolvado y conectado. Todos con su mejor pinta desarmaban las columnas de petacos de cerveza que llegaban hasta el techo. A los perros los metían en la cocina para que no se asustaran con la pólvora y la camioneta lucía imponente frente a la casa porque era la nueva compra digna de mostrar. Llegaron los Naranjos, Los Tutas, los Muñoz y hasta los Morrocos que llevaban dos décadas sin acercarse al agua y al jabón. Todos eran bienvenidos, los voladores prendidos con cigarrillos estallaban en el cielo. Tiples y guitarras retumbaban en las montañas verdes Boyacá.

Como les venía diciendo, la Umbarila quería celebrar mi cumpleaños allá en su casa, así que la fiesta se prolongó un par de días. Las hermanas habían amenazado con romper huevos en mi cabeza. Nunca me han gustado ese tipo de dinámicas, no les encuentro lo divertido. Y como no iba a permitir que me engüevaran mi cabellera, madrugué mucho a confiscar todos lo huevos que había en la casa. Hasta revisé los nidos de las gallinas por si a alguna le había dado por hacerse cómplice de la desagradable celebración. Los metí todos en un tarro y los enterré cerca de un árbol. Ellas buscaron, rebuscaron, improvisaron y fingieron, pero no encontraron los huevos y hasta ahí, mi cumpleaños era feliz.

Los hermanos Umbarila eran dos, Sibel y Alirio. En un acto de bacanería con el nuevo cuñado me invitaron a Ventaquemada para cambiarle el aceite y hacerle alineación y balanceo a la camioneta. ¿Y adivinen qué hicimos mientras revisaban la máquina? ¡pues jartar cerveza y jugar tejo en unas canchas cercanas! Obviamente las cualidades deportivoarcillotejisticas de mis cuñados eran infinitamente superiores. Asimismo, su buche pa ingerir pola. Fueron cuatro horas en las que me felicitaron por mi cumpleaños, me ganaron todos los chicos de tejo y me invitaron la cuenta. Como es costumbre, el almuerzo consistió en dos paquetes de papás Margarita sabor a limón y unas galletas Rondallas. Cuando estuvo listo el aparato nos subimos los tres en un alto estado de alicoramiento. Cuando apenas estábamos arrancando, y para rematar, apareció don Hernando y nos pidió llevarlo hasta Teguaneque. Otra víctima del desastre que se avecinaba. Alirio empezó a zigzaguear como el Loco William. Las tractomulas y los camiones nos rebasaban a gran velocidad. Una vaca se asomaba peligrosamente a la línea blanca de la carretera. Pasábamos de un carril a otro con total imprudencia. El paisaje de retazos verdes de diferentes tonalidades se podía ver metros abajo en el abismo. La velocidad no era mucha, pero suficiente para volar por los aires. Un par de frenazos bruscos despertaron a don Hernando que ya venía roncando en las sillas de atrás.  Cuando llegamos al destapado, una carretera estrecha, ondulada y con laderas prolongadas en sus costados, Alirio frenó inesperadamente. Me dijo:”¡llévelo usté de aquí parriba, cuñao! No sé si es que uno a los dieciséis años es muy pendejo o ese día había tomado mucha cerveza, pero acepté inmediatamente. Yo ya había manejado varias veces el camión de gas de mi papá. Pero la verdad lo hacía por las antiguas calles del El Cartucho a diez kilómetros por hora, y en cada esquina debía parar a correr con un cilindro de cien libras encima de mis costillas. El Comanche, me decían mis amigos. Y así sin experiencia agarré el volante, hice el cambio y pisé el acelerador. Avanzamos cuatro o cinco metros tal vez, cuando las dos llantas del lado derecho quedaron en el aire. ¡Y chun! Nos fuimos a botes. Sin soltar el manubrio vi pasar por el parabrisas el azul del cielo, el verde del pasto, el azul del cielo, otra vez, y el verde del pasto, otra vez. Así, seis veces. Cuando por fin el aparato destrozado se detuvo solo atiné a girar la llave para apagarlo y salí por una ventana. Mis tres compañeros hicieron lo mismo. La camioneta quedó a escasos metros de una casa. Los vecinos no tardaron en agolparse para ver los hierros retorcidos. Todos nos mirábamos enmudecidos por el susto y la angustia. Las heridas eran apenas moretones y pequeñas cortadas hechas por los vidrios rotos. ¿Ahora que hacemos? La molestia de los dos hermanos era evidente y justificada. La única opción fue tomarnos otra pola pal susto. Esta vez sí pagué yo. A estas alturas ya había olvidado que estaba cumpliendo años. Después de subir la camioneta en una grúa, acordamos decir que Alirio iba manejando y que se había quedado sin frenos. Era una mentira muy difícil de sostener.  Caminamos todos en silencio hacia la casa.

Las Umbarilas en pleno nos esperaban con gallina, papas, arroz y habichuelas. Cuando contamos lo de la camioneta se acabaron los ánimos de cantar el “japiberdi”. Ya no hubo otro tema de conversación. Fue una verdadera pena ver a doña Alcira llorando, esa culpa me acompaña hasta hoy. Pasé la noche sin dormir en aquella casa ajena a dos horas de Suba y a medida que disminuía el efecto del licor el recuerdo de la volcada me atormentaba. Muy temprano, al siguiente día, la Umbarila y yo nos subimos en la flota Alianza hacia Bogotá. Estaba molesta con su hermano por manejar borracho, por no cuidar, por hacer llorar a la mamá, por no hacerle mantenimiento… en fin. No pude más con la cantaleta y le confesé la verdad cuando pasábamos por Chocontá. De ahí en adelante todo fue silencio hasta llegar a Suba. Mi mamá nos preguntó ¡Cómo les fueeee?  Fue difícil contar bien la historia.  Con todo ese alboroto, la Umbarila no había tenido tiempo ni cabeza de darme el regalo de cumpleaños. Lo destapé con poco ánimo, era una oveja en miniatura hecha con la lana propia de estos animales. Preciosa y muy suavecita. “De haber sabido, le regalo un curso de conducción” me dijo con su característico humor negro. No nos reímos.

Cuando la Umbarila llamó a su casa en Boyacá a avisar que habíamos llegado bien me mandaron decir que ¿dónde estaban los huevos? Por un momento pensé que se referían a mi poca valentía. Pero no. Todos los huevos estaban enterrados cerca de un árbol.

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