Instrucciones para volcar una camioneta

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El primer paso, y el más importante, es conseguirse una novia cuyos papás tengan camioneta. La mía era de Boyacá, pero esa situación geográfica no era difícil de solucionar porque tan solo dos horas separan las empinadas calles de Suba de los abismos de la vereda de Teguaneque.

Cuando salimos a vacaciones de la nocturna le prometí a la Umbarila que le caería para el Año Nuevo en su casa de Boyacá. No sabía exactamente donde era, pero ella me había dicho que en Turmequé todos se conocen con todos y nada quedaba lejos en aquellas tierras. Así fue como el 30 de diciembre del año noventaypico salí a la 170 a esperar una flota que me acercara a la camioneta verde de mis suegros. La flota era inmensa y cómoda. No concordaba con el chéchere estrecho y maloliente de las historias de vacaciones de la Umbarila. Los pasajeros eran variados y curiosamente iban varios extranjeros. Este inmenso bus, después de cruzar por Boyacá, seguiría hacía el Norte del país. Hablando con ellos me enteré de que varios iban en busca del Expreso del Hielo; un tren que recorrería varios pueblos olvidados de Colombia. La idea de estos jipis era interceptarlo en Barrancabermeja y seguir con ellos hasta la tierra de Gabo. Este tren de los Ferrocarriles Nacionales llevaba en su interior un batallón de cirqueros, artistas y músicos franceses, españoles, argentinos, brasileros, italianos y colombianos. No solo cargaban un dragón que escupía fuego, también iba con ellos Manú Chao y su banda Mano negra. Estuve muy tentado a seguir derecho con ellos, pero la Umbarila y su camioneta me esperaban.

Turmequé era mucho más grande de lo que me esperaba. La gente revoloteaba alrededor de una horrible estatua hecha de chatarra y tejos de hierro.  Eran las tres de la tarde y para evitar la noche debía moverme rápido. Pregunté por la reconocida familia, pero resultó que medio pueblo llevaba ese apellido. “Es Umbarila Naranjo”, le dije a la señora de la tienda que soltó una carcajada diciéndome que la otra mitad del pueblo era de apellido Naranjo. Por suerte el nombre del papá era muy poco común: Sinibaldo.  Me dijeron que sí lo conocían, que vivían en una vereda cercana, pero que transporte a esa hora no había, y que el Loco William iba para allá, pero más tarde. Después de media hora estaba yo sentado tomando cerveza al clima con el Loco William y sus amigos. Esperaba que el buen hombre me llevara temprano a Teguaneque, pero la reunión en la tienda estaba muy animada por la carranga y el nuevo repertorio de chistes que yo llevaba desde Bogotá.

A las once de la noche arrancamos en un viejo Jeep que zigzagueaba por las carreteras destapadas mientras el Loco William conversaba animado y reía sin mirar hacia adelante, y a veces sin agarrar el timón. Cuando pensé que rodaríamos por alguna de las laderas y que ya había llegado nuestro fin, el Jeep se detuvo bruscamente frente a una caseta. ¡De aquí pabajo es la casa de los Umbarilas, Bogoteño! Me gritó el Loco. Tal vez por pena o por lo buena gente que son los boyacos, el Loco no me cobró ni un peso. En la caseta había seis o siete personas, todos hombres, todos con ruana y sombrero, y todos con cerveza en mano. Uno de ellos me miró extrañado de pies a cabeza. No era común ver jóvenes mechudos, tatuados, con aretes, bluyines rotos y pelo largo en esta región. ¿Qué se le ofrece al joven? Me dijo algo desconfiado, con el tono típico de los boyacenses, el que parecía el mayor del grupo. Cuando le expliqué que estaba buscando a la familia Umbarila porque yo era el novio de una de las hijas, me extendió la mano derecha y me dijo en tono socarrón: ¡Mucho gusto, Sinibaldo Umbarila! Tuve que contar otra vez toda la historia y sacar de nuevo el repertorio de chistes bogotanos. “Más tardecito vamos pa la casa”, me dijo en secreto cuando ya eran las tres y media de la mañana. El frío, la canasta y media de cerveza que me había tomado y el tortuoso viaje con el Loco ya me tenían verdaderamente agotado. Por fin llegamos a la casa y fue inmensa la sorpresa de las hermanas Umbarila al verme acompañando a su padre. A ellas ya las había conocido en Bogotá. Se acercaba el amanecer y doña Alcira, la mamá, ya preparaba el caldo de papa. Ella es una señora adorable que ha dedicado su vida al campo y a su familia. Además, hace las mejores arepas boyacenses de todo el mundo mundial. Entonces, por tercera vez tuve que contar toda mi travesía.

A eso de las seis de la mañana todos se fueron a trabajar y la Umbarila quiso darme una vuelta por la finca. Me mostró el corral de las gallinas, la casa de las ovejas, el camino al páramo y a la vieja carrilera del tren. Y finalmente me enseñó la camioneta verde. Una Dodge, modelo 64. Ella me hablaba sobre celebrar mi cumpleaños allí en la finca. Yo estaba concentrado en la poderosa camioneta sin imaginar que días después daría, de mala manera, unos cuantos botes dentro de aquella máquina.

Continuará…

14 comentarios de “Instrucciones para volcar una camioneta”

    1. Hola, Sara. Me alegra que me leas y que quedes iniciada. Efectivamente soy yo el díscolo muchacho. El viernes próximo vendrá el final. Saludo gigante.

  1. Que interesante estos relatos de anécdotas y experiencias coloquiales que solo viven en compañías campesinas! Lo que hace el amor! Jejejeje Muy chévere los dos formatos el escrito y el audio, pero lo que de hecho me gustó del audio, aunque adoro la lectura, es que la narrativa lo ayuda uno a trasladarse por las escenas de la historia!

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