La Hermana Conchita

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Son varios los asesinos en serie que han pasado por Bogotá y por Suba. En esta horrible lista de despiadados seres solo hay una mujer. Fue mi vecina y posiblemente suya también.

María Concepción Ladino era conocida como la Hermana Conchita. Se dedicaba a las artes del ocultismo, el espiritismo y, sobre todo, a la estafa.  En Ciudad Jardín se hizo conocer un martes en la mañana cuando, a la espera del camión del cocinol, se agarró de las mechas con una joven vecina que la descubrió colándose en la fila de galones que se hacía en la Plaza desde las cinco de la mañana. Además de la revolcada que el dio la maldijo con un extraño conjuro y varios movimientos de manos y palabras que nadie entendió. A los pocos días la victima tuvo que ir al Hospital de Engativá por un fuerte de dolor de huesos. Una gripa, tal vez, pero los vecinos asociaron una cosa con la otra y Conchita se ganó el apodo de la Bruja. Vivía en una casa grande de portones negros cerca a la Ferretería del señor Perilla. Los dueños de la casa eran un par de ancianos que arrendaban cuartos para sobrevivir y hacer rendir la pensión. Nadie sabía cuál era el trabajo de la Bruja, en la tienda del Tío decía que venía de Bucaramanga. No tenía esposo, hijos o familia conocida.

Don Eduardo era pensionado de los Seguros Sociales. Le gustaba llenar crucigrama e ir a misa todas las tardes. Doña Nubia, su esposa, vendía papas chorreadas a la salida de la escuela y cobraba los arriendos de las dos piezas que tenían en su casa. El otro inquilino era un actor que estaba ennoviado con una de las hermanas Rivas y pagaba el cuarto para cuando se la hacía tarde en la visita a su prometida. Conchita se hizo muy amiga de Don Eduardo y doña Nubia, era cumplida con el arriendo y se ofrecía a comprarles el mercado, hacerles vueltas y pagarles los servicios. Cuando a doña Nubia le dolían las coyunturas de tanto cargar el canasto de las papas chorreadas, la bruja le hacía masajes con extraños ungüentos que guardaba en su pieza. Alguna vez le hizo un agua de yerbas a uno de los Gamboa para curarle un frío que se la había metido en la nalga izquierda. Hasta un bebé descuajado le llevaron, en una ocasión, para que lo compusiera. Fue tanto el nivel de confianza, que era ella la que cada mes acompañaba a don Eduardo a la Caja Agraria de la Calle Cien a cobrar la pensión, le hacía la fila, llenaba el talonario, le compraba tinto y se presentaba como la hija. Doña Nubia los esperaba con almuerzo. Dicen que durante varios meses los viejitos le perdonaron el arriendo a la Bruja por toda la ayuda prestada.

En aquella época la gente del barrio andaba embobada con la telenovela El Ángel de piedra porque la grababan, ahí cerquita, en la Hacienda San Rafael. Entonces, sagradamente, veíamos el capítulo en la noche, y de día esperábamos ver a alguno de los actores pasar por el barrio a saludar o comprar cigarrillos; cosa que nunca pasó. Pocas personas notaron que don Eduardo y su esposa llevaban varios días sin mostrar la cara. El Tío de la tienda echaba de menos al viejo sentado en la mesa fumando y llenando el crucigrama del El Espacio. A la salida de la escuela ya no se conseguían papas chorreadas. Durante varios meses Conchita salía arreglada y perfumada, libreta en mano para el Banco a reclamar la pensión de don Eduardo. A los que preguntaban por los ancianos les decía que estaban enfermos o visitando unos hijos en Ibagué. Días después desapareció.

Los hijos de Ibagué llegaron a buscar a sus padres, pues llevaban meses sin recibir noticias de ellos. La casa estaba cerrada totalmente y tuvieron que llamar a la policía para poder entrar. No había rastro de los viejos ni de la Bruja. Los hijos desconsolados emprendieron una investigación por su cuenta y declararon desaparecidos a sus padres. 15 millones de pesos habían sido retirados de la cuenta de doña Nubia semanas atrás.  Lo más triste de la historia es que el cuerpo de don Eduardo fue encontrado por unos niños en el Río Juan Amarillo, lo habían matado a pedradas en la cabeza. A la señora Nubia nunca la encontraron.

Años después, en 1998, la Bruja llenó las planas de los noticieros y los periódicos del país. La policía la había atrapado después de asesinar a tres hermanas en Fontibón. Brujería, ocultismo y engaños habían sido de nuevo su modus operandi. A ellas también las mató a pedradas en la cabeza cerca la Río Cáqueza. La fiscalía encontró casos parecidos en Bucaramanga y en el barrio La Serafina en Bogotá. Fue condenada a 40 años en la cárcel en el Buen Pastor.  Seis homicidios se le atribuyen a María Concepción Ladino. Sigue diciendo que es inocente y que tiene poderes paranormales y curativos.

María Eugenia Alarcón fue la joven vecina a la que la bruja mechonió en la Plaza aquella mañana. Dice que lo que más recuerda de la vieja es que: “Olía como a azufre y tenía una mirada endemoniada”.

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