La Rifa

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Dora era altísima y muy elegante. Su piel negra y su pelo afro no la dejaba pasar desapercibida en ninguna parte. A nuestra casa iba cada mes a saludar y a ofrecer algún electrodoméstico. Ella trabajaba en J. Glottmann, una compañía que vendía, a crédito, toda clase de aparatos para la casa. Como era paisana de mi papá y se conocían desde Cali se había convertido en nuestra vendedora de confianza. La brilladora del piso, la picadora manual de verduras, el televisor National Panasonic de tubos con mueble incluido para poner porcelanas, el equipo de sonido del tamaño de una nevera que estrenamos con los 14 Cañonazos volumen 23, la licuadora Oster y la plancha con la que mi hermana quemó el colchón y las tablas de su cama; todo eso se lo habíamos comprado a Dora. Yo tenía siete años y la única mujer que entraba a mi casa, a parte de mi mamá y mis hermanas, era ese portento de negra de 1, 80, ojos negros como la noche, piernas largas y brillantes cubiertas por unas lindas medias veladas, voz melódica como para cantar currulaos y un olor a perfume cítrico que hasta hoy reconozco.

Siempre me saludaba de beso, “Qué hubo, Lalito”, me decía. Me estampaba un pico sonoro en el cachete que me dejaba paralizado. La marca del labial rojo me hacía sentir especial, nunca me la limpiaba y dormía del lado izquierdo para que no se me borrara.  Se sentaba en la sala a tomar tinto o chocolate con mis papás, cruzaba sus largas piernas frente a mí y cuando me descubría embelesado mirándola se reía con complicidad. “Ya le muestro la nueva batería de cocina que nos llegó, doña Rosa”, decía mientras abría un inmenso catalogo de fotos. Se despedía con una amplia sonrisa de dientes blancos, me sacudía el pelo con una mano y se marchaba con la promesa de regresar el próximo mes.  Siempre volvía, siempre sonriente, siempre elegante, bienoliente y hermosa para alegrarme la tarde.

Llegó la Navidad y J. Glottmann decidió hacer una rifa entre sus mejores clientes. Por cada compra se tenía derecho a un numero para participar en el sorteo de un carro, varias motos y muchos electrodomésticos. Como Dora nos quería tanto, especialmente a mí, nos anotó las ventas de años anteriores y las de clientes que no reclamaban su derecho a participar. Teníamos muchas oportunidades. Mi papá, que lo único que se había ganado en la vida eran problemas, estaba ilusionado con el carro. Mi mamá decía que si nos ganábamos el premio mayor debíamos vender ese “tiesto” y dar la cuota inicial para un apartamento. El domingo 18 de diciembre publicarían la lista de ganadores en El Tiempo. Las visitas de Dora se incrementaron, así como mi enamoramiento por ella. Es que ni siquiera la profesora Gladis del Liceo Blanca Nieves me gustaba tanto, y eso que a ella la veía todos los días con su profundo escote repitiéndome la tabla del tres y jugando “al Pin, al Pon, a la hija del Conde Simón”.

A mi papá le gustaban las papitas fritas con tinto los domingos en la mañana. El Tiempo venía con las Lecturas dominicales y Las Aventuras, que eran los cómics. Aquel domingo todos fuimos derechito al listado de ganadores. “Muñoooz… Muñoooz… Muñoooz…”, repetía mi papá buscando con el dedo índice en la lista. ¡Sí estoy! Gritó a leer su nombre. Con el mismo dedo índice siguió la línea punteada para llegar al premio. Una moto. No era el carro, pero estaba bien. ¡Regalado hasta un balazo! Mi mamá se preocupó solo de imaginar a mi papá borracho a ciento veinte en esa moto; propuso venderla y ahorrar la plata. Mi papá se negó e hizo un listado de las razones por las cuales él necesitaba una moto. ¡Se va a matar en ese aparato! Gritaba ella, mientras él corría por la sala con el periódico enrollado en las manos simulando un manubrio. ¡Ññññeeeeeeeee! ¡Ñññññeeeeee!  ¡Mañana voy a recogerla!, dijo.

Mi papá manejaba un camión repartidor de cilindros de gas. Así que después del trabajo iría a recoger su premio y lo llevaría en la carrocería. Hice una tremenda pataleta para que me llevara. La verdad, la moto me tenía sin cuidado; solo quería ver a Dora que seguro estaría en los almacenes entregando los premios. Madrugamos a las cinco de la mañana y salimos a vender gas por todo el Sur y parte del Centro. J. Glottmann tenía su sede principal en la Carrera Trece con Calle 17. Llegamos tocando la campana del camión y hablando sobre las mejores marcas de motos, Kawasaki, Honda, Yamaha. Mi papá y su ayudante se bajaron para reclamar el premio y me pidió quedarme en la carrocería cuidando los cilindros. Estábamos en el Centro.

Me quedé juicioso y atento sin perder de vista, a través de la ventana, a las vendedoras. No veía a Dora, pero seguro saldría a saludarme y darme un beso sonoro. De repente vi venir por la acera a un hombre inmenso y corpulento. Un afro espeso y contundente, bigote grueso y músculos hasta en las suelas de los zapatos. La gente lo saludaba ¡Guajiro! ¡Goleador! Fue emocionante ver a Iguarán caminar a dos metros de distancia, era una gacela, una saeta. Un jugador con clase de los que da gusto ver. Cuando les ganamos uno a cero en el Campín lo vi correr y gambetear. Ahí entendí porque lo iban a llevar a la selección. El negro se paró frente a la entrada del almacén y miró su reloj, se acomodó sus gafas oscuras y saludó con su mano levantada. Yo todavía no me recuperaba de la sorpresa cuando vi que Dora salió sonriente y emocionada, lo abrazó y lo besó en la boca. Por primera vez en la vida mi corazón quedó roto en siete mil pedazos. Un retorcijón continuo se me instaló en las tripas y los ojos se me aguaron como los de José Miel. Tuve que verlos caminando de la mano por la Trece enamorados y sonrientes. Igual América de Cali había salido campeón, y Millonarios nunca nos ganó, quedó quinto. Y nosotros iríamos a la Copa, y ellos no. Pensé que no lo deberían llamar a la Selección y tampooooocoo es que corriera mucho.

Mi papá salió enseguida con la cara congestionada de la piedra. El ayudante se reía a carcajadas mientras pasaba la calle con una diminuta moto de plástico para niños de dos o tres años. Era roja y azul; las llantas, negras y unos pedales pequeñitos color verde. Adelante decía Suzuki en letras con forma de gusano. Nos subimos a la cabina y rápido nos largamos de allí. Mi papá maldecía por todo el tiempo perdido para reclamar un simple un juguete. En el listado no especificaba qué tipo de moto nos habíamos ganado. ¡Qué decepción tan berraca! Decía él, sin imaginarse que más decepcionado estaba yo. Estuve triste varios días y evitaba mirar la moto inmunda esa. Evité, también, ver partidos de Millonarios a no ser que jugara contra nosotros.

Por mucho tiempo Dora no fue a nuestra casa. Le daba vergüenza el chasco de la “moto”. La más feliz con el premio era mi mamá que no tendría que aguantarse a su marido motorizado. Y mi hermana menor que, sentada en el juguete, gritaba ¡Ñññññeeeeeeee! haciendo despeinar a mi papá.  Lo cierto es que el triciclo en forma de motocicleta estuvo por varios años en la casa. Sobrevivió cuatro trasteos y dos divorcios. Hasta algunos sobrinos le dieron cachucha 20 años después del famoso sorteo.  Y lo veo aún en algunas fotos familiares, recordándome la primera vez que sufrí por amor.

17 comentarios de “La Rifa”

    1. Muy bien hilado y descriptivo el relato. Yo creo que hubo un tiempo en Cali,que había alguien que sentía animadversion por J. Glotman,pues por allá por los años sesentas o setentas
      Cuando había en Cali un distribuidor de la misma firma en la calle 11 con carreras octava y novena contaban de alguien que según él, ganó un premio de una nevera y casa,y cuando fué a reclamar su premio,le salieron con una modesta nevera de nueve pies y al inquirir por la escritura de la casa para saber su ubicación preguntó: y la escritura de la casa donde está? A lo cual,quien le atendía,le contestó muy fresco,cual casa? Se ganó una nevera Icaza, ahí le estamos haciendo efectivo su premio,

      1. Hola. Gracias por el interés. Muy buena historia. Es seguro porque Icasa también era propiedad de la familia Glottmann. Esa historia terminó mal. El hombre huyó a Israel dejando deudas y una condena de doce años atrás. Un abrazo.

  1. Me reí mucho John. Qué narración tan divertida y descriptiva. Te imaginé de 7 años visitando a ese almacén que todavía existe en mi memoria. Felicitaciones, Liliana

  2. Que buen relato Don JJ…. gracias por el saludo….es un gusto el leer los relatos ñeros cada viernes…..y le cuento que me reí mucho …….al fin y al cabo el morenote no es que corriera tanto…. jajajajajajajajaja

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