La Tragalona

 

Era Semana Santa, no había colegio ni trabajo ni ganas de ir a pasear. Así que nos pusimos de acuerdo para no ir con nuestras respectivas familias al típico paseo familiar. Mi mamá y mis hermanas se fueron para Pacho donde el viejo malaleche de mi abuelo. La familia del Sopas, para Capitanejo, en Santander. La del negro Quiñonez para Guayabal, y etc. Así que nos quedamos todos en Bogotá, adolescentes, machitos de barrio, con poco dinero, casas vacías y mucho tiempo libre. Hacer una fiesta no era opción por motivos religiosos y porque todos lo vecinos eran muy sapos y seguro armarían un tremendo escándalo, aunque ellos en esta semana tomaban trago, jugaban chance y le pegaban a la mujer o a los hijos. Entonces, el Viernes Santo, decidimos hacer una tarde de películas y mucha comida. Cuando le propusimos el plan al Sopas se emocionó tanto que se le alborotó la dislexia y dijo que traería rellenas de las que hacía la mamá, Coca-Cola y papas fritas de paquete ¿toda una tragalona! dijo. La verdad es que estas rellenas eran las mejores de Ciudad Jardín. Hicimos la vaca y nos dividimos en dos grupos. Uno encargado de comprar la comida y calentar las rellenas en la casa de Quiñonez. El otro, debía ir a Beta Búho, en Las Villas, y alquilar unas películas de Betamax. La cita era a las tres de la tarde en la casa de Quiñonez. Yo me quedé en el grupo de la comida para verificar que no incendiaran la casa ni fallaran en la delicada receta de revolver papas Margarita, maíz pira y salchichas. El Mono, Chalo y el Gafas fueron por las películas. Tardaron una eternidad porque se quedaron comiendo perros calientes en Bon Jovi, un sitio de comidas rápidas en el que no nos querían porque Chalo se acababa toda la piña.

Nosotros teníamos un gusto más o menos decente para el cine, no éramos de Rambo, Van Damme ni güevonadas de esas. El profesor Aristizábal nos había puesto a ver, en el colegio, La noche de los lápices y Calígula. La primera, nos tocó el corazón y la segunda, más abajito. Para muchas de las familias del barrio fue casi un pecado que sus hijitos vieran un par de tetas y un pipí borroso en una pantalla. Nadie hablaba de la magistral actuación de Malcolm McDowell. Entonces, aquel día, teníamos la esperanza de ver unos filmes de calidad. La mesa de centro de los Quiñonez parecía un buffet de mecato. Solo había comida bien dañina, gaseosa y cerveza en cantidades industriales: la tragalona. Cuando llegó la misión cinematográfica todo estaba listo. Solo faltaba sentarnos a disfrutar, pero, como siempre, nos esperaba una sorpresa.

La primera película fue Un mundo perfecto con Kevin Costner. No estuvo mal, algo sensibilera, pero aguantaba. La segunda fue una gran película de los años 80 con Sean Penn; Malos muchachos de 1983. Una cárcel llena de adolescentes en donde imperaba la ley del más fuerte y la única regla era no dejársela montar de nadie; muy parecido al barrio. Cuando se hubo acabado toda la comida los genios sacaron la última película. La Cenicienta. Un porno clásico italiano de dos horas en el que seguro no íbamos a leer los subtítulos. Hubo opiniones encontradas, pero finalmente decidimos verla. ¡Qué hijuemadres! No había papás ni adultos y nadie debía enterarse. La cosa empezó bien, la estrella era una rubia esclavizada por su madrastra. Además, estaban sus dos hermanastras. Todas ellas con una líbido desbordante en busca de un príncipe azul, o de cualquier color, para saciarla. Las escenas eran bastante rebuscadas y los diálogos eran más cercanos a Sábados Felices. Los ropajes exagerados de las rubias dificultaban la labor del príncipe y sus amigos. Había situaciones bastante ridículas, miembros curvos de tamaño exagerado y senos como globos que se movían de arriba abajo a un ritmo frenético. ¡Oh signore! gritaba la italiana fingiendo su mejor orgasmo. Estábamos en el momento de la burla, justo antes de que la Cenicienta se comiera la “manzana” cuando sonó el ruidoso timbre del portón de la entrada. ¡Jueputa, llegaron mis papás! gritó Quiñonez. Chalo se lanzó a apagar el televisor y el Betamax. Yo me paré para distraerlos en la puerta. Y el Sopas se lanzó encima del último pedazo de rellena que quedaba.

-Doña Margot ¿cómo le va?- Le pregunté a la mamá de Quiñonez fingiendo tranquilidad. -¡No se hagan los bobos que desde afuera se oye la porquería de película que están viendo! Dios los ha de castigar por enfermos y cochinos. ¡Y, además es Semana Santa!- Me gritó la señora muy ofuscada.

Salimos todos cabizbajos y haciéndonos los arrepentidos. Quiñonez se quedó a frentiar el bonche con sus papás y a preguntarles por qué se habían devuelto del paseo. Seguro algún vecino que oyó los alaridos de la Cenicienta nos sapió. ¡Ahí están pintados los beatos esos!

El domingo de resurrección apareció Quiñonez en la Plaza.

-Quihubo, marica. ¿Cómo le fue con sus cuchos?- Entonces contó que no fue tan grave la cosa, al menos para él. Al que se le armó la grande fue a don Enrique porque la mamá de Quiñonez sacó la película del Betamax para quemarla, y al papá se le ocurrió comentar, delante de misía Margot, que esa película italiana era muy vieja y aburrida. Viejo corrompido.

8 comentarios de “La Tragalona”

  1. Imaginamos que lo menos interesante de La Cenicienta era el momento de calzar la zapatilla de cristal. Creo que ustedes se quedaron sin saber, y nosotros también.
    Muy buenas historias. Tiene también su encanto el relato en la voz del autor con ambientación de fondo.

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