MentiRosa

rumba_miami (2)

Al finadito Camilo le gustaba tomar tinto frío con mil pesos de pan en mi casa. Se reía de todo y de nada, pocas veces se le veía molesto o amargado. Estudiaba en la noche igual que nosotros, y de día vendía pescado en un camión de un vecino. Le gustaba la cerveza y el cigarrillo. Cuando se emborrachaba cantaba a gritos el vallenato de Jaime Molina. A pesar de que no era de nuestro parche nos volvimos muy unidos por el tiempo compartido en el colegio. El Ratón, Félix y Yebrail, que eran sus amigos cercanos, se volvieron también nuestros amigos. La muerte de alguien tan joven siempre es un evento desagradable, pero la cadena de sorpresas que vinieron después del accidente de Camilo, lo fue aún más.

Rosa Luz era una pelada de Villa María. Flaca, ojerosa y con una voz muy alegre con la que ocupaba el salón de clase o el sitio donde estuviera. A todos nos llamaba “marica”, sin distingo de edad ni género. Le gustaba bailar, el aguardiente y la ropa cara. Trabajaba en un almacén de ropa de marca en el Andino. Siempre iba bien vestida, por ejemplo, fue la primera del colegio en tener un Levis Petrolero, un tesoro de aquellos tiempos. Era de las pocas que llegaba en taxi al colegio y nunca se le veía sufriendo por plata como siempre nos pasaba a nosotros. Su familia venía de Cali y por eso ella llegó en noveno grado y se acopló rápido al relajo de la nocturna. Decía que su mamá era azafata de Avianca y su papá, abogado. Eran perfiles poco comunes, pues la mayoría de nuestros padres eran obreros o tenían una tienda, cuando mucho. Tuvo un noviazgo ligero con el Negro Quiñonez, pero su relación más conocida fue con Camilo.

Los sábados armábamos unos parches tremendos para irnos en un bus de la Santa Lucía por toda la Caracas hasta la 33. Allí estaba Azúcar, una discoteca oscura, adornada con letreros de neón. Estaba en un segundo piso y antes de las once de la noche sus ventanales y sus paredes ya sudaban un líquido grasoso que reunía el ADN de las 200 personas que bailaban en las pistas. La otra opción era La Mamá de Tarzán, también estaba en la Caracas. Eran chuzos muy parecidos, la diferencia es que en Azúcar jamás ponían merengue; esto nos parecía bien. Salsa y House Music, la música de moda. Allí hacían concursos de baile y algunos nos atrevimos a participar sin mucho éxito. Rosa Luz y Camilo se sumaron al parche de la rumba sabatina. Muchas veces ella invitó la cuenta de todos y nosotros, por supuesto, nos dejábamos invitar. A las tres de la mañana siempre sonaba la última canción: I’ve been thinking about you de London Beat; era hora de irse. Mientras el video rodaba en la pantalla gigante todos salíamos calmadamente por las escaleras. Debíamos caminar hasta el Siete de Agosto para coger un colectivo de los que salían toda la madrugada hacía Suba. Era un ritual de cada ocho días, y Rosa Luz no se lo perdía. “¡La rumba estuvo muy buena, maricas!” gritaba animada al despedirse.

El Colegio cumplía 25 años y las monjas, junto con los profesores, organizaron una celebración. Consistía en un desfile nocturno por todo el barrio, con banderas, cornetas y algunas muestras artísticas de los estudiantes. Nos unimos porque era más divertido que estar en clase. Para el frío, compramos unas cuantas medias de aguardiente. Camilo no quiso porque a él le gustaba la cerveza. Recorrimos todas las calles, pasamos por las Empanadas, por Fapego, por la iglesia, y cuando pasamos por la tienda de Don Tuta ya varios estábamos borrachos. A las nueve de la noche decidimos ir a jugar billar. El punto de encuentro, como siempre, era El Arco Iris. Camilo se fue a acompañar a Rosa Luz hasta la avenida Suba. “Ahorita les caigo” nos gritó sin soltar la mano de su novia. El resto salimos directamente para el Prado. Empezamos a jugar como siempre y pendientes de la llegada de Camilo, pero nunca llegó.

Un taxista perdió el control y se subió a la acera. Dicen que iba borracho, pero eso nunca lo pudimos comprobar. Camilo fue a parar a diez metros del taxi después de romper el vidrio panorámico con su humanidad. Rosa Luz voló cinco metros contra el borde del andén que le arrancó piel y músculo de su brazo derecho. Cuando llegamos al sitio del accidente ya los habían llevado al hospital de Suba. El pronostico de Camilo era negativo, lo debían trasladar al Hospital Simón Bolívar. Mucha gente del barrio y varios familiares llegaron durante la madrugada. Según varias enfermeras ambos estaban inconscientes, pero Camilo había llevado la peor parte.

Casi a las tres de la mañana llegaron al hospital un par de ancianos. Yo le cedí la silla a la señora que se veía bastante mayor. Vestía como la gente buena del campo. En su cara se notaba la preocupación y el miedo. Al lado de ella, de pie, estaba el señor. Unas botas pantaneras de caucho llenas de barro, gorra de Pintuco y manos áridas y maltratadas eran la muestra de que el viejito aún trabajaba duro. Estuvieron silenciosos durante un rato hasta que una enfermera gritó desde la puerta de urgencias ¡familiares de Rosa Luz Parra! Entonces, la pareja de ancianos, tomados de la mano caminaron hacia la enfermera. Distaban mucho de una azafata y un abogado, eran más parecidos a nuestros padres. Ninguno de nosotros entendía el motivo de estas mentiras. En los siguientes días de su recuperación nos enteramos de que el hermano que vivía en Estados Unidos en realidad estaba preso. Que el apartamento era un casalote en el que tenían una vaca. Que estaba endeudada en su trabajo del Andino por la ropa de marca que compraba con su sueldo. Y que jamás había salido de Bogotá, no conocía Cali.

El seis de noviembre era un sábado. Habíamos amanecido tomando en la casa de los Maldonado y fue allí donde recibimos la noticia. Después de 15 días inconsciente y entubado Camilo había muerto. Fue una mañana muy triste, Wilson puso la canción de Jaime Molina y las lágrimas no se hicieron esperar. Rosa Luz se recuperó después de varias operaciones. No asistió al entierro de Camilo ni volvimos a saber de ella en mucho tiempo. Camilo dejó un vacío en el parche por su sonrisa y buen animo permanente. Es un consuelo pensar que murió absolutamente enamorado, y eso está bien.

Hace varios años, en la calle, me encontré con la que fue la mejor amiga de Rosa Luz en el colegio. Le pregunté por ella. Me contó que llevaba varios años viviendo en Cali. ¡Marica!

 

10 comentarios de “MentiRosa”

  1. Huy amigo me hizo recordar muchas cosa buenas que vivimos con el gordo Camilo se me aguó el ojo recordando esa triste mañana de aabado😭

  2. Buenisimas todas las historias, las acabo de leer TODAS y definitivamente te transportan al pasado. Aunqe no las vivi, los detalles me hacen imaginar la escena perfectamente.
    Felicidades! Saludos

  3. Muy triste recordar ese episodio, yo era muy amiga de ellos.
    La canción que le gustaba a Camilo la canto con nostalgia Ratón, eran como hermanos..
    Muy triste.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *