Nadar en el aire

Son las cinco y treinta de la mañana y por los vidrios panorámicos del Cubo se ve que llueve en Bogotá. Hace frío y por eso todos apuran la entrada al agua buscando calentar la piel. Van uniformados de gorro, gafas y bañador de lycra. A veces 6, a veces 8 en un carril. La directora de esta orquesta desafinada es Lina. Ella, desde la orilla, reparte indicaciones con tono suave y determinado. Explica uno a uno los movimientos de la brazada de mariposa. No solo explica, también nada. De pie sobre las baldosas azules Lina mueve sus brazos en perfecta sincronía; agarre, apoyo, empuje. Ondula su cuerpo dibujando una onda perfecta. Cierra los ojos como si estuviera bajo el agua, inicia un trance de repeticiones armónicas acercándose a la perfección de un delfín. Lina nada, nada en el aire.

Lina Tabares estudió educación física en la Universidad de Cundinamarca. Hace 4 años es instructora en el Cubo y a pesar de que sus labores inician cuando aún no amanece  todos los días va y viene en bicicleta desde su casa en el barrio La Ponderosa, al sur de Bogotá.   La sesión inicia con el estiramiento que ella dirige desde la parte seca de la piscina. Estira con dedicación brazos, piernas, cuello y espalda. Estira concentrada esperando que sus alumnos lo hagan de igual forma. Advierte sobre la importancia de estirar para evitar calambres mientras dobla hábilmente  el brazo derecho hacia la espalda como quien quiere rascarse.

Tiene un pequeño cuerpo atlético de 1. 57. Siempre sonríe y habla mientras danza en la orilla esforzándose por mostrar cómo debe ser el movimiento correcto de la mano entrando en el agua. Sus manos se deslizan paralelas, arquea su espalda y bracea con intenciones de volar. El uniforme azul no le resta gracia a sus movimientos. Se detiene para observar a su grupo de pupilos mientras acomoda las puntas rubias de su pelo recogido.  Es paciente, corrige a cada uno de los nadadores; las piernas más juntas,  ondula más grande, no saques el pecho, no dobles los brazos. Un aprendiz de un carril cercano le trae una manzana. Eso les pasa a las buenas profesoras.

¿Por qué la natación? No siempre fue amiga del agua. Recuerda puntualmente su primer acercamiento a la natación en el jardín de infantes. Un descuido, desespero y mucha agua pasando por su garganta, la imposibilidad de respirar. Un gran susto al que ella llama accidente. Pero el más grande sucedió en una piscina en San Andrés. Por razones que no recuerda terminó en el fondo del agua luchando con manos y piernas por salir. Luchando para poder respirar. Los rayos de sol que parecen bailar mezclados con el azul del agua de pronto se apagaron. Ya no pudo más, el cansancio de la lucha y la falta de aire hicieron que Lina se rindiera. Unos cuantos segundos después despertó en la orilla vomitando agua y su familia angustiada la rodeaba. Por esta razón, cuando tuvo que elegir la especialidad en la universidad no lo dudó ni un segundo. Era necesario vencer aquel miedo y se prometió jamás ser derrotada de nuevo por el agua.

De vez en cuando Lina entra al agua con sus alumnos. Lleva un gorro blanco de látex y un vestido enterizo negro. Disfruta de la piscina tanto como de enseñar. Recorre los mismos metros en diferentes estilos acatando sus propias instrucciones. Hace una demostración y pide que la observen bajo el agua. Esta vez se trata de marcar la ondulación. Lina se desliza con suma presteza como lo hace afuera. Ondula y avanza con ligereza de animal marino. Exagera elegante las oscilaciones para que los alumnos se apropien de ellas. Adorna su baile con burbujas, gira cerca de la pared para impulsarse y se aleja flotando, dominando el agua; sin miedo.

La clase termina y Lina me dice que he mejorado mucho mi estilo. Ambos sabemos que no es del todo cierto aunque es necesario escucharlo. Sale del agua y se despide: ¡estiramos y dejamos hasta ahí!

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