Proyecto Once. Tres cuentos

Me Pido Ser Funes

En el barrio Pablo Sexto huele a fútbol. Y más en vacaciones cuando los niños juegan en el parque y solo hacen pausa para almorzar. Brillaban los gloriosos años ochenta para los equipos colombianos que  hacían respetar su patio porque contrataban  las grandes figuras del fútbol suramericano. Los más pequeños del barrio gritábamos animados el apellido del jugador que nos gustaba y la ley implícita dictaba que así nos debíamos llamar durante todo el juego. Personalmente siempre admiré a Battaglia y así me llamaron en todos los partidos. Por el parque pasaron Castaño, Aravena, el viejo Willy, Cabañas y Gareca encarnados por pequeños como yo.

Hubo un famoso apellido que nadie más se atrevió a usar porque era exclusivo de un niño bárbaro y pata brava con quien nadie se quería enfrentar: Funes. Pero no El Memorioso, sino el ídolo del futbol colombiano, el Búfalo de San Luis, el mejor argentino que ha pisado la grama del Campin. Y su apellido era tristemente usurpado por este chiflamicas que además de odioso era un paquete en cualquier posición. Todos le temíamos. Yo mismo en ocasiones tuve que renunciar al cotejo para dejar entrar a ese papanatas. A juicio de todos resultaba un despropósito llamar Funes a semejante tronco. Sin importar que tuviera los mejores guayos y que la hermana, ennoviada con un alemán, le hiciera traer las camisetas originales de los clubes europeos, seguía siendo un soberano garrote que nunca marcó un gol decente y siempre se ufanó de tener mejor técnica y estilo que todos nosotros.

En la cancha fue objeto de nuestras burlas, pero siempre a sus espaldas, porque el muy granuja ya había demostrado, muchas veces, tener mejores dotes de boxeador que de futbolista. Una tarde de lunes, en vacaciones del colegio, disfrutábamos de un reñido encuentro en el que apostábamos un refresco por cabeza. De la nada apareció Ricardo, vestido de bautizo, llevaba un corbatín azul y las botas del pantalón altas como para saltar charcos dejando ver las medias blancas que seguramente le prestó su hermana. Con tono socarrón nos dijo: Muchachos, hoy no puedo jugar, lo siento. Me voy a conocer a Funes que es vecino de mi abuela…

¡Qué nos creía el payaso este! Como era de esperar nadie le creyó. Todos le respondimos con una mueca y en cinco minutos lo habían olvidado, todos menos yo. Por alguna extraña razón me dio una gran curiosidad el cuento de Ricardo. Sentí un vacío en el estómago al pensar que esto fuera cierto. No lo soportábamos cuando era “Ricardo”  muchos menos lo aguantaríamos si era “Ricardo, el amigo de Funes”.

El martes Ricardo nos entretuvo un rato contándonos cómo conoció a Funes, de su conversación de fútbol con él y  que además quedó de visitarlo la tarde siguiente en la propia casa del astro argentino, frente a la de su abuela. De nuevo nadie le creyó pero había que asegurarse por si acaso.

El miércoles Ricardo faltó al partido del parque y yo también porque me fui siguiéndolo. Caminé catorce cuadras tras él sin dejarme ver. Comprobé que sí  llegó, efectivamente, a casa de su abuela porque la misma vieja le abrió la puerta. Al rato salieron juntos y pasaron la calle, tocaron el timbre de la casa de enfrente, la supuesta casa de Funes. Entraron rápidamente y allí quedé yo sin saber qué hacer.  Pasaron cuarenta y cinco minutos, me armé de valor y decidí desenmascarar a Ricardo “El timador”. Timbré cuatro largas veces y por fin alguien se dejó ver en la ventana del segundo piso. No era nadie más que la abuela de Ricardo a la que le pedí cortésmente que lo llamara. Un minuto después asomó la cabeza su hermana, la misma que le prestaba las medias blancas. También le pedí llamarlo con muestras de gran urbanidad, pero al parecer el cobarde embaucador al sentirse descubierto no quería dar la cara. Luego salió a la ventana una linda rubia que dijo ser la novia de Funes. Dijo que  Ricardo y el Búfalo jugaban veintiuna y no me podían atender ¡Pero qué obra de teatro montó este monigote!

Se negaba a aceptar que todo había sido una farsa y peor aún, su familia se prestaba para la patraña ¿De qué más serían capaces? Decidí darle su merecido así que agarré la piedra más grande que encontré, la aventé con todas mis fuerzas al ventanal de la casa de Funes ¡Pa’ que no vuelva a hablar mierda Ricardo! Grité mientras los vidrios rotos caían escandalosamente en la acera.

Causándome la sorpresa más grande de mí vida salió ¡el mismísimo Juan Gilberto Funes! con un madero en la mano escupiendo denuestos en mi contra. Tras el astro corría la rubia, Ricardo, su hermana y la abuela. La impresión que me dio ver cara a cara al mejor jugador extranjero que vino a jugar en Colombia no fue suficiente para detenerme en mi escapada. Lo admiraba mucho, en serio, pero no era tan idiota como para quedarme a recibir una azotaina del argentino. Así que corrí catorce cuadras, de vuelta a mi casa, con Funes persiguiéndome de cerca dispuesto a triturarme.

Finalmente el flamante goleador del torneo de aquel año no me alcanzó. Tal vez porque el miedo sobrepasa la fascinación o porque el delantero sólo me quería asustar. Pero me quedó para siempre el orgullo de ser -por una vez- más rápido y ágil que Funes, el verdadero Funes.

Morfeo Diez

Seré sincero, el tipo me caía muy mal, siempre me pareció distraído, poco responsable y algo díscolo. En la oficina nadie le echó de menos, fue reemplazado rápidamente. Se llenó su vacío sin mucha dificultad. Era como si Daniel nunca hubiera estado allí. Yo en cambio le extraño, no es que me mueva un sentimiento de aprecio o un afecto especial, es más, confieso que en sus últimos días en la oficina se incrementó mi odio hacia él. Me sentí ofendido con sus historias fabulosas y difíciles de creer. Me tomaba por un ingenuo capaz de creer todas sus patrañas. Pero aunque no le creyera, sus extrañas anécdotas nocturnas eran adictivas y nunca me pude negar a escucharlas.

Todo inició porque este pobre infeliz no dormía bien. Según él, no dormía ni un minuto y se le notaba pues cada día se le veía más enfermo y desmejorado  en su facha y en su rendimiento. Ignoro por qué decidió confiar precisamente en mí. Así sin más una mañana resolvió que yo sería su confesor y me soltó su rosario de problemas causados por el insomnio y como un experto farmaceuta me recitó los medicamentos a los que había acudido sin encontrar salida; primero fue Xanax que surtió efectos positivos, pero sólo por dos semanas, después alguien le recomendó Rivotril cuyo resultado fue el mismo que le producía el agua del grifo, también probó con Zolpidem, Diacepam, Zopiclona, y finalmente compró Sinogan en gotas junto con la promesa de ser capaz de dormir una colonia hippie a la mitad de un concierto, pero nada, Daniel no durmió.

Al parecer su insomnio constituía un extraño caso, pues experimentó con todo fármaco, droga, pócima, elixir, ungüento y menjurje conocido y desconocido, legal y del mercado negro y nada le ayudó. La desesperación causada por muchas noches en vela se reflejaba en sus ojeras. En más de una ocasión las lágrimas sirvieron de telón a sus relatos. Siento decir que verlo llorar y moquear no despertaba en mí la mínima compasión pero sí una gran curiosidad ¿Por qué no dormía?

Pacientemente lo escuché por horas durante varios meses y justo cuando decidí que no cargaría más mis nervios atendiendo sus quejas, la vida de Daniel dio un giro inesperado. Resultó que este pobre somnoliento, debilucho y mal trajeado sufrió una enorme transformación. Cierta mañana apareció rozagante y sonriente, parecía otra persona. Sus ojeras profundas no estaban, no llevaba consigo su acostumbrada palidez cadavérica, ni su caminar lento y encorvado. Sonreía y se movía enérgicamente.

Al entrar a la oficina su mirada se enfocó directamente en mí, intenté ignorarlo pero fue imposible. Corrió a mi cubículo sin darse cuenta del alboroto que causó en la oficina con su nueva facha. Esquivó comentarios y saludos y aterrizó frente a mí. Animadamente me contó que había dormido, como “bebé después del baño”, por diez horas ininterrumpidas gracias a una pastilla nueva que le recomendó El Patuleco, su dealer, el mismo que le proveía la marihuana y otras sustancias con las que antes había intentado inútilmente erradicar el insomnio.

Según Daniel esta nueva pastilla llamada Morfeo Diez era lo mejor para estos casos crónicos y a pesar de su elevado costo adquirió una buena cantidad. Me habló como si fuera su cómplice en algún plan de fuga y hasta me advirtió que aún no debíamos cantar victoria recordándome su experiencia con Xanax. Me contagió sus emociones y sus miedos como si mi vida estuviera en juego junto a la de él. Me involucró por completo en su melodrama y yo se lo permití.

Los siguientes días Daniel sólo me saludó lejano y sonriente. Parecía evitarme y por su apariencia mejorada parecía marcharle bien. El odio que me despertaba Daniel volvió a sus justas proporciones, me sentí utilizado. ¡Ahora que había superado su etapa de zombi y no me necesitaba como confesor, cancelaba las charlas en mi escritorio! ¡Maldito malagradecido! Yo esperaba con paciencia que regresara a mí con el rabo entre las patas a contarme sus penurias tarde o temprano ¡El efecto de sus pastillas no le podía durar para siempre!

Y fue más temprano de lo que pensé. Regresó, pero ahora con un problema adicional. En esta ocasión su calamidad consistía en la intensidad de sus sueños. Caí de nuevo en sus fauces, me envolvió otra vez con sus historias fantasiosas a las que no fui capaz de rehusarme. Ahora me venía con el cuento de que el Morfeo Diez era totalmente eficaz, como lo prometió El Patuleco. La droga proporcionaba diez horas seguidas de feliz sueño, pero el restaurado Daniel ahora se veía atormentado por la envolvente realidad que creía vivir en sus sueños. Acudía, nuevamente desesperado a mi escritorio, la curiosidad me empujaba a  saber la nueva ocurrencia de este orate.

El primer suceso extraño que me comentó fue el de un sueño muy real que tuvo, en el que peleaba con tres gañanes a la salida de un bar y en la mañana vio, sorprendido, como su cara lucía los moretones causados por la refriega. Fue difícil para él y para mí restarle importancia al detalle y ambos nos inclinamos por la hipótesis de una laguna en su memoria como efecto secundario del Morfeo Diez. Pero esto fue descartado noches después cuando el sueño se repitió y esta vez pudo manejar la situación a su antojo dando tremenda zurra a sus imaginarios enemigos. De nuevo se sorprendió al despertar y sentir sus nudillos adoloridos y sangrientos. Aquella tarde en medio de su relato y mi incredulidad examiné sus manos que parecían haber pasado por diez asaltos. A pesar de lo demente de su ocurrencia, Daniel se mostraba excitado. El inesperado poder de manejar los sueños a su gusto lo emocionaba visiblemente. De allí en adelante dió rienda suelta a una montaña rusa de sucesos integrados por mujeres, dinero, sexo, drogas e ilícitos, todo tipo de aventuras ocurrían en sus sueños donde él era el amo que regía el destino de todos, y de él mismo. Peligroso, de ser cierto…

Pasado un día o dos Daniel se acercó a mí. Mordiéndose las uñas nerviosamente expuso en detalle su último capricho onírico: un encuentro con una mujer extremadamente sensual que él mismo inventó para sus correrías nocturnas. Creada de porciones desiguales de las mujeres que pasaron por su vida, prostitutas, novias, amigas, compañeras y hasta rasgos de su madre. Con ella lograría satisfacer sus fantasías sadomasoquistas integradas por látigos, esposas y demás artilugios sexuales. Esa noche se encontraría con ella, después de tomar Morfeo Diez. Me avergüenza aceptar que aquella tarde al salir del trabajo lo seguí hasta su casa y como un investigador de película ochentera me planté en frente hasta pasada la media noche con la esperanza de verlo salir con un abrigo negro, bufanda y gafas oscuras a buscar la mujer de sus sueños. Deseé verlo caminar rápidamente en medio de la noche en busca de sus mundos paralelos y desenmascararlo y darle su merecido por embaucador y mentiroso. Pero muy a mi pesar, nada de esto pasó. Muy tarde en la madrugada me rendí y regresé a casa. Al día siguiente en la tarde Daniel vio en mí  los mismos signos de trasnocho y cansancio que él lucía meses atrás. Preocupado me ofreció una pastilla de Morfeo Diez, a la que me negué apenado. Luego exhibió como un trofeo los moretones y marcas de latigazos causados por su quimérica amante, fue una  situación incómoda, imaginar a Daniel dando rienda suelta a su lujuria no era un pensamiento agradable para mí.

En seguida con tono misterioso y en voz baja me contó el más descabellado de sus planes: esa misma noche después de otra revolcada épica con su ilusoria gatubela y sirviéndose de su poder absoluto robarían una cantidad incalculable de dinero de algún banco de su mundo nocturno y huirían juntos a quien sabe dónde diablos. Su historia me provocó algo de risa, pero también mucho miedo ¿Qué clase de deschavetado tenía en frente? Solo atiné a expresarle que me preocupaba su situación y le aconsejé visitar un psiquiatra antes de que muriera por una sobredosis de Morfeo Diez, antes de que cometiera alguna estupidez en su mundo de sueños o en el real.

Se despidió de mí con un abrazo y una sonrisa cargada de complicidad sin prestar atención a mis recomendaciones. Fue la última vez que lo vi, se desvaneció sin dejar pistas de su paradero. Nadie denunció su desaparición, no había familia ni novia, y al parecer yo era lo más parecido a un amigo cercano. En su casa subastaron sus cosas tres meses después y fue ocupada por un nuevo inquilino. La gente le olvidó fácilmente en la oficina, pero yo aún sigo extrañando sus historias. Me arrepiento de no haber recibido la pastilla de su mano el día que me la ofreció. Algunas noches pienso que la locura y el insomnio son contagiosos y deambulo por ahí deseando encontrar al Patuleco para comprobar que Daniel mentía. O para seguirlo.

 

El ahorcao

Parménides el ronco llega al parque como a la una. Lleva la butaca de palo en una mano y la cuerda vieja en la otra. Se encarama en la butaca temblorosa, amarra la cuerda a la rama del higuito, aprieta el nudo con todas sus fuerzas. Enlaza su cuello con el otro extremo mientras sus pies bailan sobre el palo crujiente que lo sostiene. Hoy está dispuesto a ponerle fin su miserable vida. Algunos paseantes foráneos se quedan estupefactos al ver el suicida en potencia, hacen morbosos videos y fotos con sus teléfonos. Parménides, el ronco grita, o más bien declama con toda carraspera: ¡Aurora volvé! ¡Aurorita mía, devolvéte  pa’ la rancha que el loro ya no dice groserías y yo me estoy quedando sin voz y también sin vos! ¡Así no quiero vivir!

Los niños, que salen del colegio a esa hora, rodean el higuito, ¡Ahorcáte, ahorcáte! Le gritan en coro, ríen y aplauden animándolo. Parménides el ronco llora, busca a Aurora entre los espectadores de su acto. Aurora no está. Decide bajarse, hoy no morirá. Con la cuerda como rejo espanta los niños y se va por donde vino. ¡Aaaaiiiicccchhhhhh! corean los pequeños.

El negro del cholao entra gritando al billar ¡Don Ancízar, hoy tampoco se mató! Ni siquiera se tiró de la butaca, ni se le rompió la cuerda vieja esa, que lo tiene ronco de tanto apretarle el pescuezo todos los días ¡Me debe otros cinco mil pesos don Ancízar, ese loco nunca se va a colgar!

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