Puntazo

Bloody knife

Andrea no era la más linda del colegio, pero sí la más sexy. Era bajita, bajita con una cara muy bella enmarcada por unas gafas de color rojo.  Era famosa por su caminado y por haber despachado a puños a unas cuantas montadoras del colegio que se dejaron engañar por su corta estatura. Varios de mis amigos y otros tantos habían hecho algún lance con ella. Algunos, como Chalo, Jimmy y el Jover lograron tener algo parecido a una relación con ella. Otros, obtuvimos al menos un beso. Ella siempre había vivido en La Gaitana y a diario bajaba en bus hasta Ciudad Jardín para estudiar de noche. Esta distancia geográfica obligaba al príncipe de turno a acompañarla loma arriba, hasta su casa, como se acostumbra en la vida adolescente. El gran problema de Andrea era su exnovio. Alex era un tremendo malandro conocido desde el Poa hasta Villa Cindy. Como todo buen cobarde andaba siempre acompañado de cinco o seis malacarosos tatuados con tinta china que además cargaban bates, cuchillos y platos de bicicletas para amedrentar y cascar a los posibles pretendientes de la minúscula damisela.  Ella le había insistido mil veces que su relación ya no existía, pero él, obstinado e insistente, como acostumbran los ñeros machistas, la perseguía y pretendía quitar del medio a todo aquel que representara una amenaza para su amor platónico. Ya eran varios las víctimas de Alex y su pandilla de rufianes. Puñaladas, patadas y huesos rotos figuraban en su historial. La verdad yo no era el indicado para enfrentarlo ni mucho menos para detenerlo, pero la ley dice que uno no se debe arrugar, así que cuando me las cantaron que cualquier noche me caería a la salida del colegio yo dije: ¡pa las que sea, maldita sea! Pero por si acaso le advertí a mis amigos; al Sopas, a Leo Velandia, que ya le había dado en la jeta al Trenzas, al Mono y hasta al Punkero Maldonado que metía miedo con su cresta y sus botas punta de acero. Todos estuvieron pendientes, pero justo la noche que apareció el Alex yo andaba solo, solísimo, armando un porro al lado de la señora de los chorizos. Lo reconocí por su pelo largo y su chaqueta tres tallas más grande. Se me vinieron todos en gavilla. No recuerdo qué me dijo el malandro, pero invitaba a la acción, así que me puse en guardia. No contaba con que el desgraciado llevaba un cuchillo. El primer viajao lo esquivé e hice lo que se debe hacer en estos casos; correr. Al dar la espalda sentí un dolor en el hombro. Por primera y única vez en la vida me habían herido con un “arma blanca”, como dicen en los noticieros.

A pesar del dolor seguí corriendo como un demonio esquivando la horda de estudiantes que salían de mi colegio. Cuando tuve media cuadra de ventaja me metí entre un grupo de chicas desconocidas que me miraban con extrañeza. Caminé lento entre ellas para no llamar la atención. Alex y su pandilla pasaron por mi lado sin advertir mi presencia. El plan funcionaba hasta que una de las muchachas, que me servía de camuflaje, empezó a gritar como una loca ¡Tiene sangre! ¡Está herido! Ahora con toda la atención sobre mí, no tardaría en estar mucho más herido. Se acercaron varias personas a preguntarme si estaba bien. Mis amigos no aparecían por ninguna parte y Alex y sus ñeros se acercaban, ahora enfurecidos por el engaño. No tuve más remedio que seguir corriendo hacia la Avenida Suba. Sabía que allí pasaban, cada dos segundos, busetas para el Rincón, Villa María, Berlín y Corinto. Mi camiseta blanca ya parecía la bandera de Suiza y sentía el frío de la sangre sobre mi pecho y mi espalda. A pocos metros de la salvación oía el zapateo de mis perseguidores. ¡Cojan a esa gonorrea! ¡Se va a hacer matar este pirobo! Gritaban a centímetros de mis orejas.

Tibabuyes Universal, Carrera 30, decía el aviso de la buseta de la que me colgué sin darle tiempo a parar. Cuando noté que el chofer reducía la velocidad por el miedo de ver un ñero sangrando en su registradora, puse mi voz angelical y le dije: “No pare, señor, por diosito, que me quieren robar unos ladrones”. Como buen ciudadano aceleró a fondo y se ofreció a llevarme al hospital. Le agradecí. Me quedé cerca a la puerta y cinco minutos más tarde, en el Puente de Casablanca, me bajé de la misma forma en que me subí.  Ya en la casa, después del agua y el jabón la herida cobró sus justas dimensiones. No se acercaba a una puñalada. Un puntazo, le llamamos en el barrio. Una herida semejante al aruñetazo de un gato que deja una cicatriz imperceptible. La sangre es escandalosa, y más en una camiseta blanca. Eso sí, por cuatro días no fui al colegio y después tuve la escolta de mis amigos por varias semanas. Alex nunca volvió ni supimos más de él. Andrea sigue siendo mi amiga. Ella cuenta que no estuvo ese día en el colegio porque estaba capando clase con el Fercho, su novio de toda la vida.

15 comentarios de “Puntazo”

  1. Muy bueno J. Muy buen ritmo y excelente narración. Me agradan los efectos de sonido. A un amigo le pasó algo similar aquí en Soachita, son unos sustos muy bravos, yo era de la escolta.

    1. jaja, que bueno John Jairo, salió ileso, que es lo importante. Por mis orígenes y familia suachunos pronto estaré recreando lo acontecido allá, en la tierrita. Un saludo gigante.

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