También fue en abril

Sí, tuve un tío guerrillero, de la guerrilla de verdad. Y me siento orgulloso porque él, a diferencia de de muchos colombianos (incluido su servidor), fue capaz de movilizarse para lograr un cambio. Él no tuvo temor a luchar ni a equivocarse. Hoy quiero recordarlo con este escrito.

Con el recuerdo fresco de la firma de paz, meses atrás, en Corinto Cauca, Carlos Pizarro Leóngomez se disponía a viajar a Barranquilla y así seguir con paso firme la campaña que, según las encuestas, lo instalarían en la Casa de Nariño. En el mismo avión viajaba Gerardo Gutiérrez Uribe alias "Jerry". Un sicario que minutos después del inicio del carreteo del avión disparó con una ametralladora contra el ex guerrillero. No solo murió Pizarro aquel día. También murió la esperanza de muchos colombianos.

A pacho no lo mataron en un avión. No contrataron un sicario. Ni salió su muerte en televisión. Pacho ni siquiera se llamaba Pacho. Su nombre era Everth Muñoz y también pertenecía al M19. No alcanzó a firmar el proceso de paz de Corinto y no hubiera querido ver la muerte de su comandante. El día que lo mataron tenía una misión simple; llevar un bulto de panfletos a la iglesia del barrio Jerusalén en Bogotá. Cumplía las órdenes con esmero. Llevaba a cabo sus tareas tan convencido de la causa que ese día no se dio cuenta del nerviosismo del sacerdote. No entendió las muecas y las claves de alerta. Lo seguían de cerca.

Pacho era muy buen fotógrafo. La más famosa de sus fotos es la de un señor con overol de Bavaria tomándose una Coca-Cola en medio de cientos de cajas de cerveza sobre  un camión. Le gustaba la salsa de Rubén Blades y ayudar a los pobres. En ciudad Bolívar hizo una escuela con palos y ramas para enseñar a leer y escribir a los adultos llegados del campo. Pocas veces empuñó un arma. Alguna, para robar un camión de leche y repartirla en los Altos de Cazucá. Estaba completamente convencido que el país iba a mejorar y después de las armas vendrían la justicia y la paz.

El 20 de diciembre de 1989, unos meses antes de su muerte, se llevó sin permiso el pesebre de mi casa. Mis padres molestos peleaban. ¡Si ve como es su hermano! ¡Tocó comprar otro de urgencia!, gritaban. Pacho apareció de vuelta el 25, borracho y con el pesebre en una bolsa negra. ¡No se imaginan la felicidad de esos niños rezando las novenas atrasadas! ¡Todas, el mismo día! Nos dijo antes de acostarse en el sofá cantando “ven a nuestras almas”.

No tuvo novia, tampoco hijos. Me regaló el libro rojo de Mao para que lo leyera cuando grande. Decía que leer era la forma más efectiva de combatir la pobreza. También me dio El principito. A mi mamá le echaba discursos en los que afirmaba que lo que tenía jodido a Colombia era la televisión, el chance y la virgen del Carmen. Estuvo en la toma de la Embajada y en la toma del Palacio. De ambos sitios salió vivo.

Aquel sábado caminaba cuesta arriba con el paquete de panfletos. Era propaganda subversiva. Entró a la iglesia sin sospechar y al encontrar la negativa del padre para recibir los panfletos le soltó una cantidad nutrida de improperios y salió dándole la espalda al cristo. Dos policías de civil, jóvenes y asustadizos, lo esperaban afuera. Dispararon 8 veces. No hubo reacción. Pacho iba desarmado. Los panfletos ensangrentados y la chaqueta de cuero agujereada salieron en la foto del Bogotano. Se fue sin ver la justicia y la paz con la que soñó. A Carlos Pizarro y a mi tío los mataron en abril, con un año de diferencia. Ambos fueron adolescentes que dejaron el colegio por las armas. Compartieron la causa, la buena pinta y la eternidad.

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