Todo tiene su final

COMEDIA

En aquella época tenía un trabajo que parecía muy estable. Era mesero en un restaurante de la 85 que se llamaba La Ponceña. Tenía un salón inmenso entapetado de verde con hileras de mesas de madera en las que se vendían casi 300 almuerzos diarios. En las noches hacían pequeños conciertos de salsa y a veces de vallenato. La dueña estaba muy muy chiflada, pero me quería y me daba suficiente trabajo para tener al día mis reducidos gastos. Llevé al Mono a trabajar conmigo e hicimos un buen equipo para barrer a diario el inmenso tapete y para comer mucha de la deliciosa comida que preparaban las cocineras del Pacifico. Todo iba bien, teníamos uno que otro chasco, como que se nos rompiera la bolsa de la lavaza en plena calle cuando pasaban las vendedoras de ropa que nos gustaban, o que la hermana de la dueña nos pillara tomándonos el vodka en vasos de plásticos.

Fueron varios meses de trabajo duro y de plata bien aprovechada en compra de vinilos. Cada semana, los viernes, nos pagaban y yo me iba derecho a Tango Discos de la Quince a comprarme alguito de buena música.  Algo de House Music, Canción animal de Soda Stereo, Llena tu cabeza de Rock 92 y varios de Héctor Lavoe, entre ellos Comedia. Me gustaba llevar los discos a la Cabaña, un bar pequeño que atendía el Negro Garzón y en el que ponían muy buena salsa. El Negro se alegraba al verme llegar con mis discos porque era música difícil de conseguir, muy buena para bailar y para oír. Muchas veces me dio cerveza gratis por prestarle mi música.

Sucedió que, a Stella, la dueña de La Ponceña, le dio un ataque de nervios o una güevonada rara y se le acabó de correr el champú. La sacaron en ambulancia temblando y llorando, contaba los billetes de la venta mientras gritaba que el jugo estaba muy dulce y que iba a quemar el restaurante para matar los fantasmas que las tenían destrozada. Una lástima.

La vaina fue que la hermana vino a administrar el negocio. Por culpa del antecedente del vodka al Mono y mí nos echaron en el acto. Pensábamos conseguir trabajo de meseros rápido o volver a trabajar en la rusa o en pintura. Pero no, la situación era dura, como siempre. Chalo pudo meter al Mono a trabajar en un lavadero de taxis en el Galán. A pesar de que hacían burradas, como confundirse inútilmente con las llantas de atrás o las de adelante, lograron mantener el trabajo. A mí no me salía nada de nada. Vivía en una pieza arrendada en Casablanca en la que pagaba poco dinero. Leo Velandia me invitaba a almorzar a su casa tres o cuatro días a la semana. Sacaba fiadas latas de sardinas y un paquete de pan para lidiar con el hambre. Para no gastar energía me quedaba encerrado en la pieza leyendo cuentos de Chejov y la novela Damien de Herman Hesse. De vez en cuando iba donde mi mamá que vivía en Bosa, pero esa era una solución pasajera. Lo que me daba mi mamá se iba pronto en pagar arriendo y en comida. Algunas tardes nos echábamos en el pasto con Leo a fantasear sobre montar un negocio de tarros decorativos. En nuestro sueño imaginamos que nos entrevistarían en Charlas con Pacheco. Por más que llevaba hojas de vida y recomendaba un trabajito a todo el mundo no me salía nada. Es una situación frustrante y volverse una carga para la familia, que también tiene necesidades, no era una opción.

Cuatro meses habían pasado de una de las situaciones más críticas de mi vida. Ni siquiera me quería dejar ver de la Mona, la hija de don Donaldo, que era mi traga en aquel tiempo. Las dinámicas de caridad habían disminuido y sentado en un anden frente a la Iglesia de Casablanca me pregunté cuánto costaría una lata de cerveza aplastada que estaba en un basurero. Estuve encerrado desde el martes hasta el viernes. Mi única comida fue un paquete de galletas Festival y una Colombiana. Héctor Lavoe, disfrazado de Chaplin me miraba desde el mueble de madera. Eran las ocho de la noche y la música de la Cabaña se oía desde mi ventana. Tuve una fuerte discusión en mi cabeza. Eran mis discos, mi tesoro, lo único valioso que me acompañaba en la vida. Por otra parte, tenía hambre, ya no tenía papel higiénico ni jabón. Estaba en el fondo.

Le dije al Negro Garzón que treinta mil. Diez mil por cada uno. Me dijo que veinte mil por los tres. Me ofreció una cerveza, pero con ese filo no sería muy prudente. Cuadramos en 25 con la promesa de volver por ellos en cuanto mi situación mejorara. Fue un trato doloroso. Apenas tuve la plata en mi bolsillo salí corriendo a las hamburguesas de César. Me comí dos con papas y gaseosa. Compré jabón y papel, un par de cervezas y me encerré de nuevo a leer. Cerca de la media noche sonó una piedrita en mi ventana. “¡Oiga, que si quiere vender el disco de House, Milton el peluquero se lo compra!” me gritó el negro desde abajo. “no creo, parce”, le contesté y me dormí.

Obviamente cuando la plata del Negro se me acabó tuve que ir donde Milton, el peluquero. Ofrecía siete mil. Ni por el putas se lo iba a regalar. Finalmente me dio nueve mil. Me preguntó por mi vida mientras le cortaba el pelo a doña Herminia la señora de la ferretería. Le conté de mi mala racha y por lo que estaba pasando. Cuando me entregó la plata me dijo: “Si quiere venga mañana y me ayuda a barrer y a limpiar y yo le enseño peluquería. Al menos le aseguro el almuerzo, chino.”. Y así fue como me hice peluquero y terminó este oscuro periodo de mi juventud. Nunca volví por mis discos donde el Negro Garzón. La Cabaña cerró un par de años después y se refundieron en algún trasteo. Ahora que, de nuevo,  están de moda los vinilos espero que los míos hayan sobrevivido y alguien por allí esté tomándose una cerveza mientras escucha Songoro Cosongo.

3 comentarios de “Todo tiene su final”

  1. Es complejo entender que es ficción y que es realidad, el cuento está muy bien contado uno se lo come completo, acá estaré para leer el próximo, buenísima la iniciativa.

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